Maró Triantafilou: Bifurcación


Maró Triantafilou


Bifurcación


E DECÍA su madre que se casara, para tener compañía en la vejez. Le parecía una razón mezquina por la que vivir con una persona. Le decía su padre que se casara, para tener hijos, alguien que la asistiera cuando vieja. Le parecía una razón salvaje por la que traer al mundo nueva vida. Era como un roble, no conoció enfermedad hasta los sesenta, si no fuera por lo típico, algún catarro, alguna gripe o algo por el estilo. Por primera vez enfermó a los sesenta. No le dio la importancia que debía al resfriado, que evolucionó en neumonía. Doce días de hospital, con oxígenos y sueros, y un mes y medio más en casa encamada.

       Se levantó con esfuerzo, aunque mucho menos que ayer, y que anteayer mucho mejor. Mejoraba día tras día. Quería algo caliente para beber que le aliviara el pecho. Con la crisis de dónde sacar dinero para poner a alguien, una muchacha que la cuidara. Ella sola se las apañaba. Con sus amigas. Una vez venía Aretí, otra María, y cuando podían también las otras. Dichosos sean todos sus amigos, estuvieron a su lado sin rechistar.

       Mientras vertía el té fragante en la taza, le vino a la mente Aris, que hacía días que no pensaba en él, desde cuando regresó del hospital. Si viviera, andaría bien entrado en los sesenta y cinco. «Ni el polvo de sus huesos…», decía cada vez que pensaba en él. De haber tenido hijos, el primero estaría por los cuarenta. Imposible que no tuvieran un segundo.

       Buscó pan para mojarlo pero se había a­ca­ba­do, se había acabado también el pan de molde. Abierta la tienda de enfrente, pero ¿quién podría ir? Le daba un poco igual. A la mañana siguiente esperaba a Aretí con las compras. Acordado lo tenían entre ellas: Aretí, lo indispensable de la semana; lo de cada día –leche, pan y periódico–, María.

       Se llevó la taza a la cama y encendió la tele, pero notó pesados sus párpados. Dejó la taza a medio beber en la mesita de noche y se cubrió con las cálidas mantas. Se puso de costado y se dobló como un feto en la barriga de la madre. Por primera vez después de años separó un poquito el brazo de su cuerpo y palpó las sábanas, como si estuviera buscando algo. Una forma conocida sobre la forma de la ausencia. Sonrió y respiró profundamente. Gratitud era lo que sentía cada vez que respiraba sin los oxígenos del hospital. Mejoraba día tras día. «Hace mucho tiempo que no voy al cementerio», pensó. E hizo la promesa de que en cuanto se pusiera completamente buena se llevaría a María y a Aretí, y que vengan también sus maridos, se lo dirá también a Sula y a Katerina, para bajar al pueblo a ponerle una vela a la tumba de Aris. Además ya hará buen tiempo. «Se está bien en el pueblo en primavera», pensó. Y se durmió con una gota de nostalgia impoluta mordiéndole el alma; sin nada de angustia.



Fuente: Primera publicación blog Planodion – Historias Bonsái, 19 de mayo de 2013.

Maró Triandafilu (Atenas, 1963). Historiadora, novelista, crítico de teatro. Se dedica a la traducción de literatura y de ensayos de historia y filosofía del francés y del inglés. Su último libro: Δάφνη κα τ βουν (2011).

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.


		
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