Ilías Zachariadis: Anochece



Ilías Zachariadis


Anochece


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.
Salvatore Quasimodo
 

VANZA por la playa, de vez en cuando echa un vistazo al camino, después su mirada vuelve al mar que se extiende inmóvil y, arropado por la luz del día que se marcha, le vienen a la mente fragmentos de conversaciones, imágenes tiernas, eróticas, un hombro, una cintura, un pecho, un glúteo, miradas femeninas atraídas por un cuerpazo de uno noventa que sale del mar, el zumbido de las promesas en la arena. Terminó el Verano se vaciaron las playas, se perdieron oportunidades y siente la necesidad de enamorarse de ser objeto de deseo.

       Su mirada capta una figura esbelta que se acerca, se decide allí mismo, es su oportunidad. La mujer se detiene, saluda, extiende la mano hacia su brazo, su oportunidad, la conoce desde hace mucho, tal vez hubo algo entre ellos, se decide allí mismo, tan oficialmente como sea posible, «quiero casarme contigo». La mujer comprende que habla en serio, le dice «tu mujer está aquí a tu lado, tienes hijos y nietos y, al fin y al cabo, ¿para qué quieres casarte pasados ya los ochenta?».

       Se retira, atraviesa pasillos, escaleras, sótanos, busca pedacitos de vida que se le escapan, su mirada vuelve de nuevo hacia el mar, las barcas van y vienen, se deslizan sin ruido sobre el agua y su necesidad de enamorarse está ahí, insistente, no se ha movido ni un paso, ni siquiera un poco, mientras el mar sigue en calma.



Fuente: página web ΠλανόδιονΙστορίες Μπονζάι, 21 de septiembre de 2019.

Ilías Zachariadis [Ηλίας Ζαχαριάδης]. Ha nacido en la isla de Icaria y vive en Atenas. Es psiquiatra.

Traducción: Natalia Velasco Urquiza. Revisión: Konstantinos Paleologos.


			

Stathis Koutsounis: Cerezas



Stathis Koutsounis


Cerezas

 

— ¿VAMOS a por cerezas?

       La propuesta tuvo lugar en el único recreo del horario de tarde. Eran alrededor de las cuatro y en una hora saldríamos de clase. Lo propuso Diamandís. No a todos, solo a Dina, a Yanis y a mí. No sé si nos escogió o si simplemente se topó de casualidad con nosotros en el mismo momento en que le vino la idea. Diamandís era un año mayor y mucho más alto y robusto que nosotros. Había suspendido y repetía curso. Estábamos en segundo de primaria.

       La reacción fue entusiástica.

       — Síííííí, exclamamos todos a la vez, sin pensarlo.

       Durante la hora de la clase estaba tan emocionado que no le prestaba atención a la maestra, una mujer gorda y cascarrabias, con un moño en lo alto de la cabeza que parecía un casco medieval. Me gustaba mucho Dina, quería estar con ella todo el rato, pero Diamandís también le tenía el ojo echado. A mí él me caía mal, me fastidiaba que casi todas nuestras compañeras de clase lo rondaran descaradamente. Dina era una chica guapa y jovial, con la piel clara como el trigo, labios carnosos y ojos de un profundo color azulado. Cuando la miraba me sentía alterado, aunque no entendía por qué. Por el camino me asaltó otro miedo. Solo teníamos un cerezo, en la parte alta del pueblo, cerca de la casa de Diamandís, pero era enorme. ¿Sería capaz de subirme? Y qué vergüenza, delante de Dina, si no lo conseguía…

       Por el camino íbamos chinchándonos.

       — Vamos a subir a Dina al cerezo, que nos eche las cerezas para comérnoslas, dijo Yanis en un momento dado.

       — Sí, claro…, respondió ella entre risas.

       Nada más llegar, Diamandís trepó al árbol como un felino y llegó rápido a la copa. Todos lo mirábamos con admiración y envidia. Tras dos o tres intentos fallidos, Yanis también lo consiguió.

       Yo ni siquiera lo intenté. Estaba avergonzado pero intentaba aparentar indiferencia. Miraba discretamente a Dina; por suerte, no me hizo ningún comentario. Admiraba la bonita falda plisada y sus piernas esbeltas. Los otros arriba estaban comiendo y, de cuando en cuando, junto con los huesos que escupían, dejaban caer también alguna cereza. Yo las recogía y se las ofrecía cortésmente a ella. Sonreía con recogijo y las masticaba ávidamente. Se le pusieron los labios rojos del jugo, como si llevara pintalabios.

       — Venga, come tú también, me decía.

       A mí lo único que me importaba era complacerla, ganarme su simpatía.

       En un momento dado escuchamos una voz gritar desde lo alto.

       — ¡Dina!

       Vemos entonces a Diamandís, que sostenía un puñado enorme de cerezas en las manos.

       — Toma, cógelas, le dice, y las deja caer separando las manos.

       Las cerezas nos llovieron encima. Brillaban al azul del cielo como pequeños globos rojos que chocaban unos con otros y se desperdigaban por todas partes, describiendo órbitas desordenadas. Ni alzando los brazos conseguíamos atrapar más de una o dos, y había más de veinte. Entonces Dina, en un acto reflejo, se levanta de repente la falda para coger el mayor número de cerezas posible, formando un canasto de tela.

       Por una fracción de segundo veo sus piernas por encima de la rodilla, allí donde nunca las había visto: dos torrentes moldeados blancos como la nieve y, en el punto donde confluían, en medio de un prado de césped rubio, una gran cereza alargada de color rosa, rajada por delante de arriba a abajo.

       Se me cortó el aliento. Me mareé y me quedé sin habla. No podía entender cómo exactamente había llegado allí, entre sus piernas, aquella extraña cereza. El corazón me latía con fuerza y se me empezaron a entumecer los miembros.

       Mientras tanto ella, con una amplia sonrisa, venga, me dice, coge, y me tiende la falda, llena de cerezas.



Fuente: Μικροκύματα, 99+1 minicuentos de los escritores de la Asociación Griega de Autores. Edición de periódico H Εφημερίδα των Συντακτών, 2019.

Stathis Koutsounis [Στάθης Κουτσούνης] (1959) es poeta y ensayista. Trabaja en la educación secundaria privada.

Traducción: Natalia Velasco Urquiza. Revisión: Konstantinos Paleologos.


Dimitris Kalokiris: Vita brevis



Dimitris Kalokiris


Vita brevis


Ser, res



Fuente: del libro Tο μουσείο των αριθμών, διηγήσεις και εικονίσματα, (edi­cio­nes Άγρα, 2001).

Dimitris Kalokiris [Δημήτρης Καλοκύρης]. Nació en Rethimnon (Creta) en 1948. Es Premio Nacional de Relato y traductor de Borges al griego. Edita la revista literaria Χάρτης.

Traducción: Konstantinos Paleologos.



		

	

Antonis Psaltis: Equipaje



Antonis Psaltis 


Equipaje


LONSO QUIJANO, quien acostumbraba hasta el último instante firmar con la A de su nombre dentro de un círculo, dirigió su postrera mirada hacia los recuerdos decorativos de su estival viaje a Barcelona; cerró y aseguró con llave, para siempre, la puerta del estudio de soltero, y con su mente libre y clara, sin las sombras oscuras que sobre él vertía la amarga y continuada lectura de los, tal y como él los caracterizaba, libros de caballerías, partió camino de su guardia, carcelero de cárceles, sabiendo ya que el siguiente lo hallaría tras haber apuntado a su corazón con la pistola de servicio. Y así sucedió. Sin nota. Sin explicación. Solo que por una rendija de sus ojos se reflejaban brillantes, aún, una lanza de madera y una bacía de azófar.



Fuente: revista The Book’s Journal, número 63, febrero de 2016.

Antonis Psaltis (Kraniá, Olimpo, 1977). Estudió Derecho y trabaja como abogado en Lárisa.

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Angeliki Sidirá: SOS desaparecidos II



Angeliki Sidirá


SOS desaparecidos II


RA DICIEMBRE cuando se perdió por primera vez. Finales de diciembre, al amanecer y nevando. ¿Dónde iría yo a buscarlo en la ciudad inmensa? Me dejé llevar por mi instinto y los pasos me condujeron a la vieja casa familiar, donde lo encontré mirando alrededor perplejo.

       ¿Cómo había recorrido tanta distancia casi desnudo y a pie? Regañé, me acuerdo, a mi pequeño padre, y me miraba asustado como niño travieso.

       En comisaría me recomendaron escribir con rotulador todos sus datos y mi teléfono sobre una tela y coserla en el bolsillo interior de su chaqueta. Pero ¿y si llenara su bolsillo de piedrecitas para que mi Pulgarcito encontrara el camino por sí mismo?

       Esto es lo que estaba pensando y no sé el tiempo que tardé en pasar el hilo por la aguja.

       Pero ahora todo eso ha pasado. De todos modos, mi padre al final encontró su camino.



Fuente: Primera publicación blog Planodion – Historias Bonsái, 10 de febrero de 2016.

Angelikí Sidirá (Atenas, 1938). Ha trabajado en el Banco Nacional de Grecia y en el Ministerio de Relaciones Exterioras. Sus poemas se han traducido al francés, alemán e inglés, se han incluído en colecciones y se han publicado en periódicos y revistas literarias. Su primer libro fue Βραχνή Φωνή (1983) y su último Αμφίδρομη έλξη (2010).

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Yorgos Skambardonis: El vendedor de castañas de segundo de primaria



Yorgos Skambardonis


El vendedor de castañas de segundo de primaria


ICIEMBRE. Bajo por Tsimiskí; esquina con A­ri­sto­te­lous veo al vendedor de castañas del antiguo libro de Lectura de segundo de primaria, el dibujado por Yorgos Manousakis (algunos piensan, por error, que es un dibujo de Gramatópoulos), sentado en la esquina con su fogón asando castañas. Me paro vacilante frente a él. Lo miro con persistencia, detenidamente, y es él, él mismo, en persona. Le pido perplejo una bolsita. Coge hábilmente algunas castañas asadas con unas tenazas, las mete con cuidado en una pequeña bolsita de papel y me las da; saco dinero y le pago.

       Avanzo extrañado. Siento la palma de mi mano caliente por las castañas, como vientre de tórtola, cojo una, le quito su cáscara rajada, y mientras me la como, resoplando porque está ardiendo, veo de lejos al director del colegio que viene derecho hacia mí, al señor Papastratigópoulos, que nos daba en aquel entonces Gramática: severo, en su traje gris, rígido, sujetando una regla de madera. Llega a mi altura, se queda inmóvil, hosco, ve lo que llevo en las manos y me pregunta, golpeando con ritmo, amenazadoramente, la regla en la palma de su mano:

       «Skambardonis, ¿cómo se les llama a las castañas en griego an­ti­guo?»

       Mis piernas empezaron a temblar. Enmudecí. Tragué saliva.

       Me mira despectivamente y continúa:

       «Bellotas de Zeus. ¿Cincuenta y dos años han pasado y aún no lo has aprendido?»



Primera publicación: Νο­έμ­βριος (Ediciones Πα­τά­κης, 2014).

Yorgos Skambardonis (Salónica, 1953). Cuento, novela. Estudió Filología Francesa en la Universidad Aristóteles de Salónica. Su primer libro fue Μά­τι φώ­σφο­ρο, κου­μάν­το γε­ρό (Ediciones Κα­στανι­ώ­της, 1992). Su último libro es Πολύ βούτυρο στο τομάρι του σκύλου (Ediciones Πα­τά­κης, 2019). Sus cuentos han sido traducidos a varios idiomas.

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Élena Stringari: Buenos elementos



Élena Stringari


Buenos elementos


LEGARON inquilinos nuevos al piso de arriba. Desplazaban indecisos sus muebles por aquí y por allá, arrastrándolos por el suelo, por encima de mi cabeza. Trazaban unos sonidos horrorosos: «Grrrr» hacían las piezas pesadas, cuando cubrían una larga distancia, y un seco y grave «Gr», cuando se las empujaba un poco. Penetrantes, escalofriantes «Siiip» producían las más ligeras en las largas distancias, y un «Sss» quedo en las cortas.

       Claro que los sonidos no eran exactamente los que escribo aquí. Las cosas tienen otra lengua, propia, no satisfecha por las combinaciones de nuestras veinticuatro letras. En todo caso, más o menos hacían así: «Grrrr» y «Gr», «Siiip» y «Sss». ¡Me habían de­stro­za­do los nervios!

       Imposible concentrarme para terminar el libro que estaba le­yen­do. Hasta que me acordé de cómo jugaba de pequeña:

       «Esto es una bellota», decía mi madre. «¿Y qué más puede ser?», preguntaba yo. Y ella, suspirando hondo: «¿Yo qué sé? ¡Nada! ¿Qué más podría ser? ¡Una bellota, hija!…». Y volvíamos a casa con su bolsa llena de bellotas, que yo pintaba, les pegaba una pluma y se convertían en hombrecillos con sombrero y penacho, separaba las dos partes –por aquí las bellotas, por allá sus sombreritos– y se convertían en collares aquellas, en vasitos-abrevaderos-pilas-piedras para anillos estos, las partía por la mitad, sacaba el fruto y hacía de ellas una cuna para Pulgarcita, barcas o –boca abajo– caparazones de tortuga y otras cosas que ahora no recuerdo. (Por la misma razón recogía bombillas fundidas, chapas de botellas, trapos, huesos de sepia, maderas, abalorios y lentejuelas, que me daban tacañamente las costureras, así como trozos de juguetes estropeados. En general –curiosamente–, cual política o religión, tenía todo lo roto o destripado en mayor estima que lo entero y lo nuevo).

       Pues bien, a punto de sufrir una crisis nerviosa por culpa de los sonidos que trazaban los del piso de arriba arrastrando sus muebles por encima de mi cabeza (¿Cómo que «por encima»? ¡«Dentro» de mi cabeza!), me acordé de cómo jugaba de pequeña, y a continuación, sin esfuerzo, los «Grrrr» y «Gr», los «Siiip» y «Sss», se convirtieron en ¡rugidos de fieras y silbidos de reptiles! ¡Oírlo para creerlo! Os quedaríais asombrados. ¡No os imagináis cómo se parecen…! Que se mude alguien a vuestro piso de arriba y me daréis la razón.

       ¡Los mismos sonidos que antes me sacaban de quicio, ahora me fascinaban! Tal amor por la naturaleza no me lo esperaba de mí misma. ¡Majestuoso! ¡Toda una selva para mí!

       Tras haberla disfrutado un rato, concluí el libro que estaba le­yen­do — con la misma sensación que tenía el hombre solo en la naturaleza, en la salvaje naturaleza, donde lo perecedero encoge y lo eterno pesa. Y, absolutamente segura de que lo que anoté como «buen elemento» en mi libro lo era en efecto, me acosté en mi rama y me dormí…



Fuente: revista Τε­τρά­μη­να, núm. 13, primavera-verano 1977.

Élena Stringari (Atenas, 1950). Tomó clases en la escuela Vakaló, sus profesores eran Panagiotis Tetsis y Eleni Vakaló entre otros. Durante el período 1971-1974 colaboró con el Centro Artístico Espiritual «Ώρα» en la publicación anual Χρονικό. Publicó las colecciones de poemas ­π τ φς τν προ­βο­λέ­ων (1970), ­κά­λυ­πτος Χ­ρος (1974) καὶ ν πλ κα ­κυ­βέρ­νη­τα (2009).

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Fotiní Tendi: El Rano



Fotiní Tendi


El Rano


A PELOTA aterrizó sobre los periódicos. El qui­o­sque­ro grita enfurecido. Junto con A­po­ge­vma­ti­ní y Ta Nea, la acera se llena de cajitas de caramelos, chicles y piruletas con forma de gallo. «Ha sido gol», le grito a Thanasis, y después nos liamos a palos. «Ha pasado por fuera del ladrillo», a Thanasis apenas se le oye, le aprieto la mandíbula. Me da una patada en la espinilla, mis brazos se sueltan, nos caemos y rodamos por el asfalto. La calle Chalkidos arde, estamos en pleno verano, pero nosotros como si nada. Nos separan los de la pandilla. «Venga, que hay que ir por la pelota, que a Sotiris lo mata su padre si la pierde». Nos miramos, nos miramos también Thanasis y yo, ¿quién irá hasta el quiosco? «Te toca a ti», dice Sotiris. Me lo pienso y digo, «Vale, vamos». El quiosco de enfrente de casa lo tiene el «Rano», así lo conocíamos, por sus hechuras de rana, su verdadero nombre lo habíamos olvidado. Nos plantamos todos juntos delante de él, yo en el centro y los otros seis detrás y alrededor de mí, en plan guardaespaldas. El Rano, pelota en mano, aguarda. Me bajo hasta las rodillas el pantalón corto del Manchester que llevo puesto. Junto con los calzoncillos. Los otros me tapan para no ser visto en plena calle Chalkidos. El Rano clava su mirada asquerosa, sus ojos se le ponen como platos al igual que a una rana, puede que por eso le pusieran el mote. Al cabo de un minuto me subo el pantalón y él me lanza la pelota. La agarramos junto con un puñado de caramelos y corremos hacia la portería improvisada que tenemos montada en medio de la calle. Hay que entrenar, que mañana tenemos partido con la pandilla de la calle de arriba.



Fuente: Primera publicación blog Planodion – Historias Bonsái, 23 de junio de 2017.

Fotiní Tendi ha nacido y vive en Atenas. Trabaja como traductora. Relatos suyos han sido publicados en revistas y blogs literarios.

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Maró Triantafilou: Bifurcación


Maró Triantafilou


Bifurcación


E DECÍA su madre que se casara, para tener compañía en la vejez. Le parecía una razón mezquina por la que vivir con una persona. Le decía su padre que se casara, para tener hijos, alguien que la asistiera cuando vieja. Le parecía una razón salvaje por la que traer al mundo nueva vida. Era como un roble, no conoció enfermedad hasta los sesenta, si no fuera por lo típico, algún catarro, alguna gripe o algo por el estilo. Por primera vez enfermó a los sesenta. No le dio la importancia que debía al resfriado, que evolucionó en neumonía. Doce días de hospital, con oxígenos y sueros, y un mes y medio más en casa encamada.

       Se levantó con esfuerzo, aunque mucho menos que ayer, y que anteayer mucho mejor. Mejoraba día tras día. Quería algo caliente para beber que le aliviara el pecho. Con la crisis de dónde sacar dinero para poner a alguien, una muchacha que la cuidara. Ella sola se las apañaba. Con sus amigas. Una vez venía Aretí, otra María, y cuando podían también las otras. Dichosos sean todos sus amigos, estuvieron a su lado sin rechistar.

       Mientras vertía el té fragante en la taza, le vino a la mente Aris, que hacía días que no pensaba en él, desde cuando regresó del hospital. Si viviera, andaría bien entrado en los sesenta y cinco. «Ni el polvo de sus huesos…», decía cada vez que pensaba en él. De haber tenido hijos, el primero estaría por los cuarenta. Imposible que no tuvieran un segundo.

       Buscó pan para mojarlo pero se había a­ca­ba­do, se había acabado también el pan de molde. Abierta la tienda de enfrente, pero ¿quién podría ir? Le daba un poco igual. A la mañana siguiente esperaba a Aretí con las compras. Acordado lo tenían entre ellas: Aretí, lo indispensable de la semana; lo de cada día –leche, pan y periódico–, María.

       Se llevó la taza a la cama y encendió la tele, pero notó pesados sus párpados. Dejó la taza a medio beber en la mesita de noche y se cubrió con las cálidas mantas. Se puso de costado y se dobló como un feto en la barriga de la madre. Por primera vez después de años separó un poquito el brazo de su cuerpo y palpó las sábanas, como si estuviera buscando algo. Una forma conocida sobre la forma de la ausencia. Sonrió y respiró profundamente. Gratitud era lo que sentía cada vez que respiraba sin los oxígenos del hospital. Mejoraba día tras día. «Hace mucho tiempo que no voy al cementerio», pensó. E hizo la promesa de que en cuanto se pusiera completamente buena se llevaría a María y a Aretí, y que vengan también sus maridos, se lo dirá también a Sula y a Katerina, para bajar al pueblo a ponerle una vela a la tumba de Aris. Además ya hará buen tiempo. «Se está bien en el pueblo en primavera», pensó. Y se durmió con una gota de nostalgia impoluta mordiéndole el alma; sin nada de angustia.



Fuente: Primera publicación blog Planodion – Historias Bonsái, 19 de mayo de 2013.

Maró Triandafilu (Atenas, 1963). Historiadora, novelista, crítico de teatro. Se dedica a la traducción de literatura y de ensayos de historia y filosofía del francés y del inglés. Su último libro: Δάφνη κα τ βουν (2011).

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Aléxandros Mistriotis: Su mujer lo engaña…



Aléxandros Mistriotis


Su mujer lo engaña…


U MUJER lo engaña. No sabe cómo reaccionar. El café tarda en llegar, pierde la paciencia y se levanta y se marcha. No escucha el ruido de la ciudad alrededor. Los pensamientos van muy rápido. No tiene derecho a condenarla. Procura evitar las reacciones bruscas, les tiene miedo. Le llegan imágenes rostros momentos y nuevas interpretaciones de hechos, de miradas, de conversaciones. Se enfurece, aprieta los dientes e insulta maquinalmente. ¿Le importan los niños o es una excusa? No quiere odiarla y se dice a sí mismo que no se merece que lo quieran. ¡No! Esto lo ha hecho en el pasado y es desastroso. Imagina el lecho común y siente asco y turbación, pero no quiere que se derrumbe todo lo que han construido durante estos años. Se concentra en pensamientos nobles y ello le da confianza en sí mismo. Debe por encima de todo ver cómo se sentirá al volver a verla. Igual debe provocar un shock, armar un escándalo para que vuelva el equilibrio a la relación, no le perdonaría no ser herido. Se siente cansado de todo, ¿por qué le está pasando esto, precisamente ahora? En el fondo, sin embargo, siente gratitud, algo que todavía no confiesa.



Fuente: De la colección de textos cortos inéditos Tὸ λίγο.

Aléxandros Mistriotis (Ottawa, Canadá, 1973). Creció en Atenas. Estudió Bellas Artes en Francia. Regresó a Grecia en 2004. Aparte de artista visual trabaja también en el teatro y la danza, realiza lecturas de sus textos con elementos «escénicos» y es responsable de la página web Στην Αθήνα.

Tra­duc­ción: Equipo Proyecto Grequerías: I­lek­tra A­na­gno­stou, So­fía Fer­taki, The­oni Kabra, María Karalí, Eduardo Lucena, María Malakata, Alicia Manolá, Kon­­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, Jaralambos Theodosis, Anto­nia Vla­chou. La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2018 hasta abril de 2019, Konstanti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.