Antonis Paschos: Sector público



Antonis Paschos


Sector público


N LA OFICINA de correos hay una cola de veintitantas personas y una empleada atendiendo. Es el turno de un viejo, «espere». La señora coge el móvil, «corazón, sí, tengo tiempo, dime».

       Detrás de ella, otros tres charlan.

       Un cura resopla. Un treintañero mueve la cabeza. Soy el ú­lti­mo.

       Puerta truena. El encapuchado sostiene una pistola.

       Cesan las risas, el móvil cae al suelo.

       «¡Todo el mundo a las ventanillas!», grita el encapuchado.

       Dudan por un momento, acto seguido las cuatro ventanillas se llenan de empleados temblorosos. Me llega olor a meado.

       «¡Vamos, gandules!», grita el encapuchado. «¡Atendedles!»

       Los clientes acuden tímidamente a las ventanillas. El viejo se marcha, el cura se marcha, el treintañero se marcha. Se oye el murmullo de manos y papeles. Diez minutos después, la oficina de correos se ha vaciado. Escucho sirenas.

       El encapuchado se sobresalta. Mira a izquierda y derecha. Me lanza la pistola y desaparece.

       La examino.

       Todos miran.

       Digo para mí: «es falsa…»



Fuente: página web ΠλανόδιονΙστορίες Μπονζάι, 11 de marzo de 2020.

Antonis Paschos, pasó su juventud en Seres y vive en Atenas. Ha publicado cuentos en revistas como Θράκα y Ἀναγνώστης. Su última publicación es la novela Mετὰ βίας (editorial BELL, 2019).

Traducción: Nordin Halifi Morales – Natalia Velasco Urquiza.

Revisión: Eduardo Lucena – Konstantinos Paleologos.


			

Konstantinos Paleologos: El buen traductor



Konstantinos Paleologos


El buen traductor


ÉL LE ENVIABA con puntualidad religiosa cada capítulo de la novela que estaba traduciendo, justo después de acabarlos. Era una manera, ahora que vivían lejos, de imaginar que ella se ocupaba de él, de suponer sus ansias cuando le leía, de sentir su mirada sobre algo suyo.

       Poco a poco –larga la novela– fue observando que las si­tu­a­cio­nes que experimentaba la heroína afectaban mucho a su amada; comprendía que sentían a la par, que se alegraba se ponía triste se angustiaba se desilusionaba soñaba junto a ella, como si muchas veces la imitara.

       De ahí que los lectores de la novela en griego nunca supieran que Paula abandonaba a Kim en el último capítulo. Al contrario, los vieron abrazados en mitad de las Ramblas compartiendo un helado de cucurucho y mirándose a los ojos de ese modo que a él tanto le gustaba.



Fuente: Primera publicación, Planodion-Bonsái, 26 de mayo de 2020.

Konstantinos Paleologos (Atenas, 1963). es traductor y catedrático de Traductología Aplicada y Literatura Española en la Universidad Aristóteles de Salónica.

Traducción: Eduardo Lucena


Vasilis Manusakis: Nerviosismo



Vasilis Manusakis


Nerviosismo


SIDORA llegó jadeando al colegio donde la esperaban los otros padres. A su lado su hija jugaba como un gatito entre sus piernas. Manos la vio venir a lo lejos. Como por instinto salió por un momento del patio y se sentó solo en la acera mirando hacia la calle. Como si la esperara. La esperaba.

       Ropa de diario aquel día, sencillamente vestida, pero siempre con esmero. Sin pintalabios u otro maquillaje, normalmente Isidora lucía al natural. Ni una vez la he visto con pintalabios. Le sentaría, pensó Manos, pero sus pensamientos sobre estética fueron interrumpidos por su cortante buenos días. Bien que me he dado cuenta, pensó una vez más Manos, que había sentido su nerviosismo desde el momento en que la vio venir a lo lejos. ¿Qué te pasa? Le preguntó para sus adentros.

       Nada, oyó que decía una voz femenina. Nada importante.

       La miró, después miró a la niña jugando entre sus piernas y la siguió hasta el patio. En la reunión con los otros padres sobre algunos aburridos temas de la escuela, Manos había dispuesto su silla con el fin de mirarla. ¿Por qué estás tan nerviosa? ¿Qué te atormenta? Se preguntaba para sus adentros. En otro momento, le respondió con una fugaz mirada, sintiendo sobre ella su ardiente mirada y ladeando la cabeza hacia él.

       — Ahora…

       — Luego…

       Y continuaron así un diálogo sin escuchar ni una palabra de lo que se decía en la sala.

       Se terminó la reunión, se terminó también el mudo diálogo.

       Saliendo, él pasó a su lado y ella tendió la mano y lo detuvo. Espérame afuera, le dijo presionándole una vez más el brazo. De cualquier modo, cada vez te espero donde quiera que te encuentres, pensó él y se adelantó rápidamente no fuera a ser que lo hubiera oído.

       El patio se quedó vacío y ella fue la última, esperando a su hi­ji­ta que había ido a los aseos. Manos estaba sentado en el banco y tomaba el sol. Sin ningún motivo. O tal vez, sabiendo dentro de sí el porqué. Levantó la cabeza y la vio observándolo. Ven a sentarte, invitó con la cabeza. En cuanto se sentó, la miró a los ojos. Dime qué tienes. Estoy aquí por ti, decía su mirada.

       Quiero algo, no quiero nada, le repondió con una sonrisa ob­vi­a­men­te confundida.

       Háblame. Sé que te gustaría ir a algún lado, la calmó con su son­ri­sa.

       La niña volvió y los encontró mirándose fijamente a los ojos.

       «¿De qué estáis hablando?», preguntó con su dulce voz. Tam­po­co ella hablaba mucho, pero ahora no podía no preguntar.

       «Te escribiré», le dijo Isidora y su voz lo despertó de la calidez solar.

       «Definitivamente, hazlo», le dijo un poco después, cuando ella ya había llegado a la puerta de la escuela.

       Se volvió y lo miró, esta vez con una sonrisa prometedora.

       Gracias, pensó Manos y salió a la calle con la cabeza llena de sol.



Fuente: Primera publicación, Planodion-Bonsái, 7 de junio de 2019.

Vasilis Manusakis (Atenas, 1972). Poesía, narración, traducción. Es Doctor en poesía norteamericana. Profesor de Literatura y Traducción en el Hellenic American College. Libros: Μιας σταγόνας χρόνος (poesía, 2009), Ανθρώπων όνειρα (cuentos, 2010), Movie Stills (poesía en lengua inglesa, 2013), Εύθραυστο όριο (poesía, 2014). Colaborador en la redacción de los tres homenajes de la revista Planodion al microcuento/bonsai griego y americano. Ha traducido más de 20 libros de género literario y varios cuentos y poemas. Ha organizado homenajes literarios en el extranjero, y sus traducciones y artículos se han publicado en revistas griegas y en el extranjero.

Eleni Ladiá: Fanó



Eleni Ladiá


Fanó


ESDE muy pequeña, Fanó amaba la música y a menudo se olvidaba de todo bajo el árbol del patio, escuchando sonidos con su imaginación, que alguna vez se convertían en una canción con sus propias palabras. A los once años su deseo de tomar clases de piano se hizo realidad. Su profesora de música vivía lejos, en algún lugar al final del Municipio, en una calle cuesta arriba, y era rara. Cuando le daba clase de piano, el sonido no se oía. La pequeña Fanó era muy vergonzosa como para preguntarle la causa. Por su carácter y educación, no pedía ni preguntaba nada. La profesora de piano le reveló en algún momento que era «su clase secreta». Y a pesar de ser ya una chica mayor de veinte años le confesó a la pequeña que estaba enamorada de un soldado, y que le enviaba a escondidas de sus padres el dinero que Fanó le pagaba por las clases. La muchachita se sonrojó y no protestó. De hecho, en el fondo de su corazón, le daba pena la maestra. Por eso, intentaba imaginarse los sonidos de las teclas y leía con pundonor la teoría y la definición de la armonía. Se llevaba con ella el cuaderno con la materia de música y la memorizaba hasta en la humilde casa de su amiga. El gato Medioculito, que dormía con Ana, la hermana mayor de Giorgitsa, ronroneaba en el felpudo del suelo, cerca de la estufa de gas que usaba la familia para preparar la comida y para calentarse. Era una de las casas humildes de 1955, en la fachada de una construcción horizontal con muchas habitaciones a ambos lados del alargado patio, y con un aseo común. Sin embargo, Fanó dejaba su bonita vivienda unifamiliar con un gran jardín para meterse en la casita, es como si la miseria la estuviera tirando como si fuera miel; iba allí incluso a escondidas de su madre, que se daba cuenta por el olor de la ropa. «Apestas a petróleo, mi niña, a petróleo y moho. Dile a Giorgitsa que juguéis aquí».

       Sin embargo, Fanó quería escuchar las historias absurdamente encantadoras que Ana se inventaba, acariciar a Miguelito (que era el verdadero nombre del gato, pero por razones inexplicables Ana lo llamaba Medioculito), y ver a doña Olga comportándose como una señora decadente.

       La definición de la armonía la desconcertaba, era muy teórica e incompatible allí con los maullidos felinos y el olor intenso de la estufa de gas.

       ¿Qué sería la armonía? ¿Qué sonidos la componían? No era po­si­ble continuar con esas clases de piano. Casi había estudiado la mitad del método Beyer, aprendió a murmurar las notas do mi sol la la sol do re do re mi re… pero no escuchaba el sonido. Abandonó repentinamente la clase, y por primera vez les pidió a sus padres un piano. Su propio piano, para tocar a todo volumen, para que no se le interpusiera la sordina que ahogaba el sonido. No le compraron el piano, no sabían su valor y lo consideraron un capricho infantil.

       Entonces, Fanó, movida por la desesperación, pensó en con­stru­ir su propio piano. Fue a la pequeña mesa de madera de la cocina, pintó encima de ella teclas exactamente en la posición y forma de los verdaderos, y empezó a tocar como había aprendido: sin que el sonido fuera escuchado, sin saber la armonía. Solamente se la imaginaba, como la mayoría de cosas de este mundo…


13 de abril de 2010


Fuente: página web Πλανόδιον – Ιστορίες Μπονζάι, 25 de febrero de 2011.

Eleni Ladiá (Atenas, 1945). Ha estudiado Arqueología y Teología en la Universidad de Atenas. Escribe novelas, relatos, ensayos. Ha recibido dos veces el Premio Nacional de Relato Corto.

Traducción: Ángela Sánchez

Revisión: Konstantinos Paleologos



		

	

Vasilis Manusakis: Insomnio



Vasilis Manusakis


Insomnio


US OJOS no se cerraban tampoco esta noche. Por enésima vez estaba sentada, como estupefacta, en el balcón de enfrente para oler, tal vez, el humo de los coches revuelto con el dulce jazmín de la terraza de al lado.

       Mis ojos no se cerraban tampoco esta noche. Estaba de pie ante la ventana de la cocina y la miraba como estupefacto sentada en el balcón de enfrente estática, como si posara para unas fotografías artísticas. El cuerpo inclinado hacia adelante. Los ojos mirando al infinito. Las manos entrecruzadas puestas al lado graciosamente.

       Tomé mi cámara fotográfica y la miré a través de la lente. Su rostro ya conocido, esta vez parecía un poco indolente y pálido. Ella no me miraba. Nunca me miraba. Se sentaba simplemente allí contemplando el universo, tal vez. Parecía estar pensando en algo, pero por más que tratara a través de la lente no se me revelaba qué podría ser. Abandoné mis esfuerzos y enfoqué hacia otro lado para sacar las fotografías de la velada que coleccionaba insomne cada noche.

       Y entonces lo vi.

       Sus ojos no se cerraban tampoco esta noche. Estaba de pie de­lan­te de la ventana de su cocina y tomaba imágenes con una cámara digital, como si rodara una película sobre la vida. Parecía de marmol, pero la lente de mi cámara me reveló que se movía imperceptiblemente para volverse unas veces hacia mi ventana y otras hacía la ventana de ella. Ella lo miraba fijamente y ahora, como si una atracción más fuerte que la gravedad me atrajera hacía él, yo también lo miraba.

       Nos quedamos así los tres durante un largo rato mirándonos en silencio. Dos ojos, una cámara fotográfica, una cámara digital. Después, entramos en nuestras casas y nos dormimos.

       A la mañana siguiente nos encontramos a la hora de salir para ir al trabajo, pero nuestras miradas cayeron al suelo. Tres extraños protagonistas en el perpetuo ritual del insomnio. Tres desconocidos y solitarios que se darían cita por la noche para tres diferentes formas de pensar y tres diferentes miradas sobre la ciudad.



Fuente: Primera publicación, Planodion-Bonsái, 20 de enero de 2012.

Vasilis Manusakis (Atenas, 1972). Poesía, narración, traducción. Es Doctor en poesía norteamericana. Profesor de Literatura y Traducción en el Hellenic American College. Libros: Μιας σταγόνας χρόνος (poesía, 2009), Ανθρώπων όνειρα (cuentos, 2010), Movie Stills (poesía en lengua inglesa, 2013), Εύθραυστο όριο (poesía, 2014). Colaborador en la redacción de los tres homenajes de la revista Planodion al microcuento/bonsai griego y americano. Ha traducido más de 20 libros de género literario y varios cuentos y poemas. Ha organizado homenajes literarios en el extranjero, y sus traducciones y artículos se han publicado en revistas griegas y en el extranjero.

Traducción: Flor de María Nochebuena

Revisión: Konstantinos Paleologos



		

	

Dimosthenis Kambouris: El diferente



Dimosthenis Kambouris


El diferente


AS FIGURAS más peculiares del grupo de la peluquería eran la lesbiana negra de mediana edad, el metalero tetrapléjico, la fumadora de noventa años y la estudiante anémica con retraso mental. También la propia peluquera, que puede que estuviera liada con la negra: regordeta, con carita de niña, gafas de presbicia y pelo gris con trencitas. En su peluquería todo era peculiar, desde el colorido mostrador con espejos torcidos hasta las perchas retro para los abrigos y las revistas de jardinería para la espera. Él, aunque vivía dos barrios más allá, desde que la descubrió en algún paseo sin rumbo de los suyos, metida en un callejón, recorría de buena gana esa distancia de más para cortarse el pelo allí. Le molestaba, sin embargo, que le trataran con vacilación, reticentes, aunque con educación y tacto, como si les perturbara, por una parte, el silencio cómplice y temieran, por otra, disgustarle por algún motivo. Insistía, no obstante, en ir y en tratar de comunicarse, hasta que empezaron a dibujarse sonrisas sinceras cada vez que abría la puerta, y las conversaciones no se detenían. La negra ahora le hablaría con naturalidad de su país, la estudiante con retraso le echaría miraditas y la peluquera se preocuparía si el tratamiento para la pérdida del cabello que le había recomendado no le hubiera hecho efecto. Allí dentro ya no se diferenciaba de los demás. Fue entonces cuando, atemorizado, eligió al final otra peluquería, totalmente normal, muy cerca de su casa, donde dio por hecho que le cortarían el pelo como en cualquier otra parte.



Fuente: página web ΠλανόδιονΙστορίες Μπονζάι, 12 de febrero de 2020.

Dimosthenis Kambouris (1977). Ha estudiado Teología en la Universidad Aristóteles de Salónica. Su último libro Στὴ βροχὴ μὲ μηχανάκι (editorial Ἑλληνικὰ Γράμματα, 2001).

Traducción: Nordin Halifi Morales – Natalia Velasco Urquiza.

Revisión: Eduardo Lucena – Konstantinos Paleologos.



		

	

Αrguiris Chionis: Las desgracias



Αrguiris Chionis


Las desgracias


«PASEN», dijo, «pasen y siéntense», dijo a las des­gracias que llama­ron a su puerta.

       «Les voy a invitar algo», pensó, «un trozo de mi alma, y se irán. Se que­da­rán un rato y se irán».

       Vanas esperanzas… Se acomo­daron y no había quién las mo­vi­e­ra de allí…

       De las buenas maneras pasó a los malos modales y, luego, a las ame­nazas. Ningún resultado; firmes en su sitio, estaba claro que no se planteaban irse.

       Al final, se sentó él también; se cansó y se sentó frente a ellas; y con la mi­sma apatía que lo mi­raban a él, las miraba él también.



Fuente: Τ ν­τα κα τ μ ν­τα (cuentos, ediciones Γα­βρι­η­λί­δης, 2006).

Arguiris Chionis (Atenas, 1943-2011), fue poeta, escritor de cuentos y tra­du­ctor.

Traducción: Konstantinos Paleologos


 

María Chatzikiriakidou: Viceversa



María Chatzikiriakidou


Viceversa


ICIERON EL AMOR por primera vez en Lima, Perú. Era su primer viaje juntos. Compartían el deseo de un viaje lejano, pero también la filosofía del aquí y ahora. Y como se conocieron poco antes de las vacaciones de verano, decidieron que su primer viaje fuera allí. Al hemisferio sur. Allí donde las estrellas de la cúpula celeste están del revés. Como la mayoría de las cosas en su relación, en realidad. Del revés, al menos, para la lógica convencional. Ella 39, él 31. Ella del sur, él del norte. Ella fun­cio­na­ria, él cantante. Se conocieron en un teatro. Allí intercambiaron aquella mirada larga y profunda. Entonces no sabía quién era él. Se lo dijo su amiga, que la acompañaba. Y desde entonces su voz ha revestido las noches castas de su relación ideal. Castas porque él no existía. Ideal porque él no existía y todo era tal y como ella quería. Porque su relación comenzó y terminó con aquella mirada larga y profunda que la hizo ser consciente de sus vacíos y de sus anhelos.



Fuente: página web ΠλανόδιονΙστορίες Μπονζάι, 29 de enero de 2020.

María Chatzikiriakidou es traductora del italiano y del español. Prepara su Tesis en el Departamento de Filología Italiana de la Universidad de Atenas.

Traducción: Nordin Halifi Morales – Natalia Velasco Urquiza.

Revisión: Eduardo Lucena – Konstantinos Paleologos.



		

	

Ilías Zachariadis: Anochece



Ilías Zachariadis


Anochece


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol:
y de pronto anochece.
Salvatore Quasimodo
 

VANZA por la playa, de vez en cuando echa un vistazo al camino, después su mirada vuelve al mar que se extiende inmóvil y, arropado por la luz del día que se marcha, le vienen a la mente fragmentos de conversaciones, imágenes tiernas, eróticas, un hombro, una cintura, un pecho, un glúteo, miradas femeninas atraídas por un cuerpazo de uno noventa que sale del mar, el zumbido de las promesas en la arena. Terminó el Verano se vaciaron las playas, se perdieron oportunidades y siente la necesidad de enamorarse de ser objeto de deseo.

       Su mirada capta una figura esbelta que se acerca, se decide allí mismo, es su oportunidad. La mujer se detiene, saluda, extiende la mano hacia su brazo, su oportunidad, la conoce desde hace mucho, tal vez hubo algo entre ellos, se decide allí mismo, tan oficialmente como sea posible, «quiero casarme contigo». La mujer comprende que habla en serio, le dice «tu mujer está aquí a tu lado, tienes hijos y nietos y, al fin y al cabo, ¿para qué quieres casarte pasados ya los ochenta?».

       Se retira, atraviesa pasillos, escaleras, sótanos, busca pedacitos de vida que se le escapan, su mirada vuelve de nuevo hacia el mar, las barcas van y vienen, se deslizan sin ruido sobre el agua y su necesidad de enamorarse está ahí, insistente, no se ha movido ni un paso, ni siquiera un poco, mientras el mar sigue en calma.



Fuente: página web ΠλανόδιονΙστορίες Μπονζάι, 21 de septiembre de 2019.

Ilías Zachariadis [Ηλίας Ζαχαριάδης]. Ha nacido en la isla de Icaria y vive en Atenas. Es psiquiatra.

Traducción: Natalia Velasco Urquiza. Revisión: Konstantinos Paleologos.



		

	

Stathis Koutsounis: Cerezas



Stathis Koutsounis


Cerezas

 

— ¿VAMOS a por cerezas?

       La propuesta tuvo lugar en el único recreo del horario de tarde. Eran alrededor de las cuatro y en una hora saldríamos de clase. Lo propuso Diamandís. No a todos, solo a Dina, a Yanis y a mí. No sé si nos escogió o si simplemente se topó de casualidad con nosotros en el mismo momento en que le vino la idea. Diamandís era un año mayor y mucho más alto y robusto que nosotros. Había suspendido y repetía curso. Estábamos en segundo de primaria.

       La reacción fue entusiástica.

       — Síííííí, exclamamos todos a la vez, sin pensarlo.

       Durante la hora de la clase estaba tan emocionado que no le prestaba atención a la maestra, una mujer gorda y cascarrabias, con un moño en lo alto de la cabeza que parecía un casco medieval. Me gustaba mucho Dina, quería estar con ella todo el rato, pero Diamandís también le tenía el ojo echado. A mí él me caía mal, me fastidiaba que casi todas nuestras compañeras de clase lo rondaran descaradamente. Dina era una chica guapa y jovial, con la piel clara como el trigo, labios carnosos y ojos de un profundo color azulado. Cuando la miraba me sentía alterado, aunque no entendía por qué. Por el camino me asaltó otro miedo. Solo teníamos un cerezo, en la parte alta del pueblo, cerca de la casa de Diamandís, pero era enorme. ¿Sería capaz de subirme? Y qué vergüenza, delante de Dina, si no lo conseguía…

       Por el camino íbamos chinchándonos.

       — Vamos a subir a Dina al cerezo, que nos eche las cerezas para comérnoslas, dijo Yanis en un momento dado.

       — Sí, claro…, respondió ella entre risas.

       Nada más llegar, Diamandís trepó al árbol como un felino y llegó rápido a la copa. Todos lo mirábamos con admiración y envidia. Tras dos o tres intentos fallidos, Yanis también lo consiguió.

       Yo ni siquiera lo intenté. Estaba avergonzado pero intentaba aparentar indiferencia. Miraba discretamente a Dina; por suerte, no me hizo ningún comentario. Admiraba la bonita falda plisada y sus piernas esbeltas. Los otros arriba estaban comiendo y, de cuando en cuando, junto con los huesos que escupían, dejaban caer también alguna cereza. Yo las recogía y se las ofrecía cortésmente a ella. Sonreía con recogijo y las masticaba ávidamente. Se le pusieron los labios rojos del jugo, como si llevara pintalabios.

       — Venga, come tú también, me decía.

       A mí lo único que me importaba era complacerla, ganarme su simpatía.

       En un momento dado escuchamos una voz gritar desde lo alto.

       — ¡Dina!

       Vemos entonces a Diamandís, que sostenía un puñado enorme de cerezas en las manos.

       — Toma, cógelas, le dice, y las deja caer separando las manos.

       Las cerezas nos llovieron encima. Brillaban al azul del cielo como pequeños globos rojos que chocaban unos con otros y se desperdigaban por todas partes, describiendo órbitas desordenadas. Ni alzando los brazos conseguíamos atrapar más de una o dos, y había más de veinte. Entonces Dina, en un acto reflejo, se levanta de repente la falda para coger el mayor número de cerezas posible, formando un canasto de tela.

       Por una fracción de segundo veo sus piernas por encima de la rodilla, allí donde nunca las había visto: dos torrentes moldeados blancos como la nieve y, en el punto donde confluían, en medio de un prado de césped rubio, una gran cereza alargada de color rosa, rajada por delante de arriba a abajo.

       Se me cortó el aliento. Me mareé y me quedé sin habla. No podía entender cómo exactamente había llegado allí, entre sus piernas, aquella extraña cereza. El corazón me latía con fuerza y se me empezaron a entumecer los miembros.

       Mientras tanto ella, con una amplia sonrisa, venga, me dice, coge, y me tiende la falda, llena de cerezas.



Fuente: Μικροκύματα, 99+1 minicuentos de los escritores de la Asociación Griega de Autores. Edición de periódico H Εφημερίδα των Συντακτών, 2019.

Stathis Koutsounis [Στάθης Κουτσούνης] (1959) es poeta y ensayista. Trabaja en la educación secundaria privada.

Traducción: Natalia Velasco Urquiza. Revisión: Konstantinos Paleologos.