Konstantinos Kapetanakis: Porcelana


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Konstantinos Kapetanakis

 

Porcelana          


TODO se arregla.

       La toco. La vendedora levanta los hombros y no me pregunta más, atiende a otro. Dejo de oírla, como si me hubiera ido. Lo hago a menudo, aunque en realidad esté ahí.

       Cae sangre de su frente. Me dice que no es nada, un rasguño en la ceja; ¿tú estás bien? Me toca la cabeza. Trozos del parabrisas roto cubren el salpicadero, el intermitente está activado. Mi rodilla derecha no tanto. La masajea suavemente. Vete a casa, ahora voy yo. Huele a gasolina y del motor sale humo.

       Su sangre, una línea que baja vacilante, se desvía a la altura del ojo izquierdo y para en el labio superior; la lame. Mis manos todavía están agarrando el volante; las acaricia. Retomaremos las clases cuando arregle el coche, lo prometo. Pensaba que el pedal derecho era el freno, papá. Dejo el volante y me miro las palmas de las manos, sudadas. Yo también me confundo a veces, no te creas; vete y no le digas a mamá que estábamos juntos.       

       Siento que desde lejos la vendedora me mira. Me pierdo en el tiempo y hago el rídiculo en la tienda, me retraso, de un momento a otro se acaba el plazo del tíquet del aparcamiento, me van a multar, voy a llegar tarde a casa. Es como si alguien me estuviera esperando para regañarme.

       Todos los neumáticos han reventado y la parte de atrás del coche está levantada, una roca se ha atascado debajo. Se ríe; tonterías, verás como todo se arregla. Quiero decir algo, pero me pregunto si contemplanos lo que nos ocurre de la misma manera y miro a mi alrededor, la valla que tiré al pisar el acelerador y abalanzarnos sobre el descampado, el capó destrozado, las puertas arrugadas, el árbol que nos paró. Termino en su cara; tiene una sonrisa de haber cometido una travesura. Me guiña el ojo. Así de fácil le fue asumirlo, neutralizarlo, como si nunca pudiera pasar nada malo.

       No lloré, aunque no estoy seguro. A veces me parece que como no lloré en su funeral no he llorado nunca, pero no puede ser, quizás me esté equivocando.

       Me alejo cojeando del coche y miro hacia atrás. Está de pie junto al coche, como si estuviera listo para abrazarlo, se seca la sangre y me saluda con la mano. Me repito mientras camino en la calle que no debo decir nada. Abro la puerta de casa y está ella en el pasillo con los brazos cruzados. Me pregunta dónde estaba. Miro hacia abajo. Estaba jugando al fútbol en el cruce. Vacila, sigue teniendo los brazos cruzados y pido desde mi interior, lo pedía desde el principio, que no parara de tenerlos así, que no estallase.

       Cometió más errores de los que le correspondían, lo sé. Dice que era joven y no sabía, que hacía lo que podía, lo mejor que podía, sola desde tan pronto. Eso me dijo durante los años siguientes, incluso cuando dejé de oírla.

       Ven a comer, papá llegará tarde, ha tenido un accidente con el coche. Mi mirada parece extrañarle; en cuanto se acerca a mí doy, de repente, dos pasos hacia atrás, pero luego me tiro a sus brazos y me abraza torpemente. Tampoco te pongas así, que no se ha hecho daño, solo se ha estropeado el coche. Fue a esquivar un perro, pero vete tú a saber lo que ha ocurrido en realidad, que ya me lo conozco yo. Sacude la cabeza y se va a la cocina. Murmura en voz baja ensayando todo lo que va a gritar durante días. Me quedo al lado de la mesa con la gran porcelana del chino. Tiene una caña de pescar y una mirada de sorpresa; le toco la perilla puntiaguda, el sombrero. Quiero decirle que yo se lo pedí, papá siempre me decía que sí, pisé el acelerador, me asusté. Tan solo acaricio la estatuilla y con un dedo la empujo suavemente hasta el borde de la mesa. El chino se balancea en la límite de la mesa, lo sujeto. Tengo la culpa; pruebo las tres palabras en mi boca, como si hablara una lengua desconocida. Con un toque imperceptible la porcelana cae al suelo. Miro los trozos rotos y me pregunto si puedo pegarlos con palabras. Los murmuros de la cocina paran, pasos con prisa. Ya no tiene los brazos cruzados.

       «Tenga cuidado». Empujo hacia el borde de la vitrina un chino de porcelana pequeño y feo, con la cara arrugada; lleva una cesta. Como si me despertara, me echo a un lado y miro el papel que tengo en la mano: «cortarme el pelo, supermercado, lavandería, regalo de boda de la jefa 50 euros, casa, calentador/seguro, sí, no». ¿Por qué escribiría eso lo último? Unas señoras me miran, la vendedora agarra la porcelana. «Es carísima, ¿la va a comprar? ¿No dice nada?».

       Siempre quedan trozos rotos. Y solo las palabras no pueden pegarlos. Pero en algún momento hablas, aunque sea por romper el silencio.


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Fuente: primera publicación en el blog Planodion – Historias Bonsái (11 de diciembre de 2015).

Konstantinos Kapetanakis (Atenas, 1971). Estudió Derecho en Grecia y en Reino Unido. Asistió al taller de escritura creativa de Kostas Katsularis.

Traducción: Roberto G. Luque Schoham

Revisión: Konstantinos Paleologos


		
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Κωνσταντῖνος Καπετανάκης: Πορσελάνη

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Κων­σταν­τῖ­νος Κα­πε­τα­νά­κης


Πορ­σε­λά­νη


OΛΑ φτιά­χνουν.

       Ἀγ­γί­ζω. Ἡ πω­λή­τρια ση­κώ­νει τοὺς ὤ­μους καὶ δὲν μὲ ρω­τά­ει πιά, ἐ­ξυ­πη­ρε­τεῖ ἄλ­λον. Δὲν τὴν ἀ­κού­ω, σὰν νὰ ἔ­φυ­γα. Αὐ­τὸ συ­νή­θως κά­νω, ἀ­κό­μα κι ὅ­ταν μέ­νω.

       Τρέ­χει αἷ­μα ἀ­πὸ τὸ μέ­τω­πό του. Δὲν εἶ­ναι τί­πο­τα, μοῦ λέ­ει, σκί­στη­κε λί­γο τὸ φρύ­δι· ἐ­σύ, χτύ­πη­σες; Πιά­νει τὸ κε­φά­λι μου. Τὸ παρ­μπρὶζ ἔ­χει σπά­σει καὶ κομ­μά­τια του σκε­πά­ζουν τὸ ταμ­πλό, τὸ φλὰς ἀ­να­βο­σβή­νει. Τὸ δε­ξί μου γό­να­το, ὄ­χι πο­λὺ ὅ­μως. Τὸ τρί­βει ἁ­πα­λά. Πή­γαι­νε σπί­τι, ἐ­γὼ θὰ ἔρ­θω σὲ λί­γο. Μυ­ρί­ζει βεν­ζί­νη κι ἀ­πὸ τὴ μη­χα­νὴ βγαί­νει κα­πνός.

       Τὸ αἷ­μα του, γραμ­μὴ ποὺ κα­τη­φο­ρί­ζει δι­στα­κτι­κά, λο­ξο­δρο­μεῖ δί­πλα στὸ ἀ­ρι­στε­ρὸ μά­τι καὶ στα­μα­τά­ει στὸ πά­νω χεῖ­λος· τὸ γλύ­φει. Τὰ χέ­ρια μου σφίγ­γουν ἀ­κό­μα τὸ τι­μό­νι· τὰ χα­ϊ­δεύ­ει. Θὰ κά­νου­με μά­θη­μα πά­λι ὅ­ταν φτιά­ξω τὸ ἁ­μά­ξι, στὸ ὑ­πό­σχο­μαι. Νό­μι­ζα ὅ­τι τὸ δε­ξὶ πε­τά­λι εἶ­ναι τὸ φρέ­νο, μπαμ­πά. Ἀ­φή­νω τὸ τι­μό­νι καὶ κοι­τά­ζω τὶς ἱ­δρω­μέ­νες μου πα­λά­μες. Κι ἐ­γὼ μπερ­δεύ­ο­μαι συ­χνά, μὴ νο­μί­ζεις, πή­γαι­νε, καὶ μὴν πεῖς στὴ μα­μὰ ὅ­τι ἤ­μα­σταν μα­ζί.

       Ἀ­πὸ κά­που μα­κριὰ νι­ώ­θω ὅ­τι ἡ πω­λή­τρια κοι­τά­ζει πρὸς ἐ­μέ­να. Χά­νο­μαι στὸν χρό­νο καὶ γί­νο­μαι ρε­ζί­λι σὲ ὅ­λο τὸ κα­τά­στη­μα, κα­θυ­στε­ρῶ, ἡ κάρ­τα στάθ­μευ­σης ὅ­που νά ’­ναι λή­γει, θὰ μοῦ κό­ψουν κλή­ση, θ’ ἀρ­γή­σω σπί­τι. Λὲς καὶ κά­ποι­ος εἶ­ναι ἐ­κεῖ καὶ θὰ μὲ μα­λώ­σει.

       Ὅ­λα τα λά­στι­χα εἶ­ναι σκα­σμέ­να καὶ τὸ πί­σω μέ­ρος τοῦ αὐ­το­κι­νή­του ἔ­χει ἀ­να­ση­κω­θεῖ, ἕ­νας βρά­χος σφη­νώ­θη­κε ἀ­πὸ κά­τω. Γε­λά­ει – τρί­χες, θὰ δεῖς, ὅ­λα φτιά­χνουν. Θέ­λω νὰ πῶ κά­τι, ἀλ­λὰ ἀ­να­ρω­τι­έ­μαι ἂν ἀν­τι­κρύ­ζου­με τὰ ἴ­δια πράγ­μα­τα καὶ κοι­τά­ζω γύ­ρω μου, τὸν ξα­πλω­μέ­νο φρά­χτη ποὺ ἔ­σπα­σε ὅ­ταν πά­τη­σα τὸ γκά­ζι καὶ ὁρ­μή­σα­με στὸ ἄ­δει­ο οἰ­κό­πε­δο, τὸ δι­α­λυ­μέ­νο κα­πό, τὶς τσα­λα­κω­μέ­νες πόρ­τες, τὸ δέν­τρο ποὺ μᾶς στα­μά­τη­σε. Κα­τα­λή­γω στὸ πρό­σω­πό του· χα­μό­γε­λο ποὺ λέ­ει ὅ­τι κά­να­με ἀ­τα­ξί­α. Μοῦ κλεί­νει τὸ μά­τι. Τό­σο εὔ­κο­λο ἦ­ταν νὰ τὰ ἀ­πορ­ρο­φή­σει ὅ­λα, νὰ τὰ ἐ­ξου­δε­τε­ρώ­σει, σὰν νὰ μὴν μπο­ροῦ­σε νὰ γί­νει πο­τὲ κά­τι κα­κό.

       Δὲν ἔ­κλα­ψα, ἀλ­λὰ δὲν εἶ­μαι σί­γου­ρος, κα­μιὰ φο­ρὰ μοῦ φαί­νε­ται ὅ­τι ἐ­πει­δὴ δὲν ἔ­κλα­ψα στὴν κη­δεί­α του δὲν ἔ­χω κλά­ψει πο­τέ, ἀλ­λὰ αὐ­τὸ δὲν γί­νε­ται, ἴ­σως νὰ μπερ­δεύ­ο­μαι.

       Ἀ­πο­μα­κρύ­νο­μαι ἀ­πὸ τὸ αὐ­το­κί­νη­το κου­τσαί­νον­τας καὶ κοι­τά­ζω πρὸς τὰ πί­σω. Στέ­κε­ται δί­πλα στὸ ἁ­μά­ξι, σὰν νὰ εἶ­ναι ἕ­τοι­μος νὰ τὸ ἀγ­κα­λιά­σει, σκου­πί­ζει τὸ αἷ­μα καὶ μὲ χαι­ρε­τά­ει ση­κώ­νον­τας τὸ χέ­ρι. Νὰ μὴν πῶ τί­πο­τα, τὸ ἐ­πα­να­λαμ­βά­νω στὸ δρό­μο. Ἀ­νοί­γω τὴν πόρ­τα τοῦ σπι­τιοῦ καὶ ἐ­κεί­νη στέ­κε­ται στὸ δι­ά­δρο­μο, μὲ τὰ χέ­ρια σταυ­ρω­μέ­να. Μὲ ρω­τά­ει ποῦ ἤ­μουν. Κοι­τά­ζω κά­τω. Ἔ­παι­ζα μπά­λα στὴ δι­α­σταύ­ρω­ση. Δι­στά­ζει, κρα­τά­ει τὰ χέ­ρια σταυ­ρω­μέ­να καὶ πα­ρα­κα­λά­ω ἀ­πὸ μέ­σα μου, πάν­τα αὐ­τὸ πα­ρα­κα­λοῦ­σα, νὰ μὴν στα­μα­τή­σει νὰ τὰ ἔ­χει ἔ­τσι, νὰ μὴν θέ­λει νὰ ξε­σπά­σει.

       Ἔ­κα­νε πε­ρισ­σό­τε­ρα λά­θη ἀ­πὸ ὅ­σα τῆς ἀ­να­λο­γοῦ­σαν, τὸ ξέ­ρω. Ἦ­ταν, λέ­ει, νέ­α καὶ δὲν ἤ­ξε­ρε κι ἔ­κα­νε ὅ,τι μπο­ροῦ­σε, ὅ­σο κα­λύ­τε­ρα μπο­ροῦ­σε, μό­νη ἀ­πὸ τό­σο νω­ρίς. Αὐ­τὰ μοῦ ἔ­λε­γε, χρό­νια με­τά, συ­νέ­χεια, ἀ­κό­μα κι ὅ­ταν ἔ­πα­ψα νὰ τὴν ἀ­κού­ω.

       Ἔ­λα νὰ φᾶς, ὁ μπαμ­πὰς θ’ ἀρ­γή­σει, τρά­κα­ρε. Τὸ βλέμ­μα μου δεί­χνει νὰ τὴν πα­ρα­ξε­νεύ­ει· πά­ει νὰ μὲ πλη­σιά­σει καὶ κά­νω ἀ­πό­το­μα δύ­ο βή­μα­τα πί­σω, ἀλ­λὰ με­τὰ ὁρ­μά­ω πά­νω της, μιὰ ἄ­τσα­λη ἀγ­κα­λιά. Σι­γά, πὼς κά­νεις ἔ­τσι, δὲν χτύ­πη­σε, τὸ ἁ­μά­ξι δι­έ­λυ­σε. Πῆ­γε νὰ ἀ­πο­φύ­γει ἕ­να σκυ­λί, ἀλ­λὰ ἄν­τε βρὲς ἄ­κρη τί ἔ­γι­νε στ’ ἀ­λή­θεια, τὸν ξέ­ρω ἐ­γώ. Κου­νά­ει τὸ κε­φά­λι καὶ πη­γαί­νει στὴν κου­ζί­να. Μουρ­μου­ρί­ζει, χα­μη­λό­φω­νη πρό­βα ὅ­σων θὰ φω­νά­ζει γιὰ μέ­ρες. Στέ­κο­μαι δί­πλα στὸ τρα­πέ­ζι μὲ τὸ με­γά­λο πορ­σε­λά­νι­νο ἄ­γαλ­μα τοῦ Κι­νέ­ζου. Κρα­τά­ει ἕ­να κα­λά­μι ψα­ρέ­μα­τος κι ἔ­χει βλέμ­μα ἔκ­πλη­κτο· τὸν ἀγ­γί­ζω, τὸ μυ­τε­ρὸ γε­νά­κι, τὸ κα­πέ­λο. Θέ­λω νὰ τῆς πῶ ὅ­τι ἐ­γὼ τὸ ζή­τη­σα κι ὁ μπαμ­πὰς μοῦ ἔ­λε­γε πάν­τα ναί, πά­τη­σα γκά­ζι, φο­βή­θη­κα. Τὸ μό­νο ποὺ κά­νω εἶ­ναι νὰ χα­ϊ­δεύ­ω τὸ ἄ­γαλ­μα καὶ νὰ τὸ σπρώ­χνω ἁ­πα­λά, μὲ ἕ­να δά­χτυ­λο, ὣς τὴν ἄ­κρη τοῦ τρα­πε­ζιοῦ. Ὁ Κι­νέ­ζος τα­λαν­τεύ­ε­ται στὴ κό­χη, τὸν συγ­κρα­τῶ. Ἐ­γὼ φταί­ω· δο­κι­μά­ζω τὶς δύ­ο λέ­ξεις στὸ στό­μα μου, σὰν νὰ μι­λά­ω ἄ­γνω­στη γλώσ­σα. Μ’ ἕ­να ἀ­νε­παί­σθη­το ἄγ­γιγ­μα ἡ πορ­σε­λά­νη πέ­φτει στὸ πά­τω­μα. Κοι­τά­ζω τὰ σπα­σμέ­να κομ­μά­τια, ἀ­να­ρω­τι­έ­μαι ἂν μπο­ρῶ νὰ τὰ κολ­λή­σω μὲ τὶς λέ­ξεις. Τὰ μουρ­μου­ρη­τὰ ἀ­πὸ τὴν κου­ζί­να στα­μα­τοῦν, βι­α­στι­κὰ βή­μα­τα. Τὰ χέ­ρια της δὲν εἶ­ναι πιὰ σταυ­ρω­μέ­να.

       «Προ­σέξ­τε». Σπρώ­χνω πρὸς τὴν ἄ­κρη τῆς γυ­ά­λι­νης βι­τρί­νας ἕ­ναν πορ­σε­λά­νι­νο Κι­νέ­ζο, μι­κρὸ καὶ ἄ­σχη­μο, μὲ πρό­σω­πο ζα­ρω­μέ­νο· κρα­τά­ει ἕ­να κα­λά­θι. Σὰν νὰ ξυ­πνά­ω, τρα­βι­έ­μαι καὶ κοι­τά­ζω τὸ χαρ­τὶ ποὺ ἔ­χω στὸ χέ­ρι: «κού­ρε­μα, σοῦ­περ-μάρ­κετ, κα­θα­ρι­στή­ριο, δῶ­ρο γά­μου προ­ϊ­στα­μέ­νης 50 εὐ­ρώ, σπί­τι, θερ­μο­σί­φω­νας/ἀ­σφά­λεια, ναί, ὄ­χι». Για­τί ἔ­γρα­ψα αὐ­τὸ τὸ τε­λευ­ταῖ­ο; Κά­ποι­ες κυ­ρί­ες μὲ πα­ρα­τη­ροῦν, ἡ πω­λή­τρια ἁρ­πά­ζει τὴν πορ­σε­λά­νη. «Εἶ­ναι πα­νά­κρι­βο, θὰ τὸ ἀ­γο­ρά­σε­τε; Δὲν μι­λᾶ­τε;».

       Πάν­τα ὑ­πάρ­χουν σπα­σμέ­να κομ­μά­τια. Καὶ οἱ λέ­ξεις μό­νες δὲν κα­τα­φέρ­νουν νὰ κολ­λή­σουν κα­νέ­να. Κά­ποι­α στιγ­μὴ ὅ­μως μι­λᾶς, ἔ­στω γιὰ νὰ σπά­σεις τὴ σι­ω­πή.


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Πηγή: Πρώτη δημοσίευση.

Κων­σταν­τῖ­νος Κα­πε­τα­νά­κης (Ἀ­θή­να 1971). Σπού­δα­σε Νο­μι­κὰ στὴν Ἑλ­λά­δα καὶ τὴν Ἀγ­γλί­α. Πα­ρα­κο­λού­θη­σε τὸ ἐρ­γα­στή­ριο δη­μι­ουρ­γι­κῆς γρα­φῆς τοῦ Κώ­στα Κα­τσου­λά­ρη.