Βαγ­γέ­λης Δη­μη­τριά­δης: Ἡ ὀδοντοστοιχία



Βαγ­γέ­λης Δη­μη­τριά­δης


Ἡ ὀδοντοστοιχία


ΟΥ ΕΙΠΑΝ, τρεῖς μῆ­νες ἔ­χεις τὸ πο­λὺ ζω­ή. Σὰν τε­λευ­ταί­α ἐ­πι­θυ­μί­α τὰ δόν­τια του ἀ­πο­φά­σι­σε νὰ φτιά­ξει. Δι­ό­τι μα­κρο­πρό­θε­σμα ὁ ἄν­θρω­πος πρέ­πει νὰ νοι­ά­ζε­ται γιὰ τὴν κα­λή του ἐμ­φά­νι­ση κι ἂς εἶ­ναι σκε­λε­τός. Ἂν μά­λι­στα μελ­λον­τι­κὰ κά­ποι­ο ἐρ­γα­στή­ριο ζη­τή­σει τὰ ὀ­στά του γιὰ με­λέ­τη, θὰ ἤ­θε­λε πο­λὺ οἱ ἐ­ρευ­νή­τρι­ες νε­α­ρές το ὡ­ραῖ­ο του κρα­νί­ο νὰ κοι­τοῦν, τὴν ἄ­ψο­γη ὀ­δον­το­στοι­χί­α νὰ θαυ­μά­ζουν καὶ ἴ­σως νὰ σκέ­φτον­ται πό­σο ἄ­δι­κος ἦ­ταν ὁ θά­να­τός του, μὲ τέ­τοι­α δόν­τια ἄ­φθαρ­τα νὰ γεί­ρει στὴν ἀ­φά­νεια, θύ­μα τῆς λαί­μαρ­γης κα­τά­πο­σης τοῦ ἄ­σπλα­χνου νω­δοῦ ψυ­χο­συλ­λέ­κτη.



Πηγή: Ἀ­πὸ τὴν ποι­η­τι­κὴ συλ­λο­γὴ Κυ­πα­ρίσ­σια (Γα­βρι­η­λί­δης, 2017).

Βαγ­γέ­λης Δη­μη­τριά­δης (Πυ­θα­γό­ρει­ο Σά­μου, 1948). Ὑ­πη­ρέ­τη­σε στὴν πρω­το­βάθ­μια ἐκ­παί­δευ­ση σὲ σχο­λεῖ­α τῆς γε­νι­κῆς καὶ εἰ­δι­κῆς ἀ­γω­γῆς καὶ ὡς σχο­λι­κὸς σύμ­βου­λος στὴν Πε­ρι­φέ­ρεια Σά­μου. Ἱ­δρυ­τι­κὸ καὶ μό­νι­μο μέ­λος τῆς συν­τα­κτικῆς ἐ­πι­τρο­πῆς τοῦ πε­ρι­ο­δι­κοῦ Ἀ­πό­πλους (1991κἑξ) καὶ ἐκ­δό­της τοῦ πε­ρι­ο­δι­κοῦ Τὸ Τη­γά­νι (2010κἑξ). Ἔ­χει ἐκ­δώ­σει πέν­τε ποιητι­κὲς συλ­λο­γές, βι­βλί­α γιὰ τὴν ἐκ­παί­δευ­ση καὶ τὴν το­πι­κὴ ἱ­στο­ρί­α. Ποι­ή­μα­τα καὶ κρι­τι­κά του κεί­με­να δη­μο­σι­εύ­ον­ται σὲ ἔν­τυ­πα καὶ ἠ­λε­κτρο­νι­κὰ πε­ρι­ο­δι­κά. Τε­λευ­ταῖο του ποι­η­τι­κὸ βι­βλίο: Κυ­πα­ρίσ­σια (Γα­βρι­η­λί­δης, 2017).


		
Διαφημίσεις

Vaso Sinopoulou: La curva



Vaso Sinopoulou


La curva


E DABAN fuertes analgésicos y entonces se sumergía en el letargo y su mente se llenaba de imágenes. Bellas y coloridas imágenes inconexas entre sí como tarjetas postales. Un puente una plaza la risa de un bebé una avenida el kafenío de un pueblo un gato al sol. A medida que el efecto de los medicamentos pasaba trataba de armarlo todo y de integrarlo en su vida a punto de terminar. Recordaba lugares y épocas y personas y las imágenes hallaban el contexto al que pertenecían antes de sumergirse de nuevo en el letargo. Había, sin embargo, una imagen que no podía ubicar en ninguna parte. Un camino a las afueras de la ciudad que se perdía en una curva. No había árboles ni viñas era un paraje seco como un pleno mediodía de verano. Trató de rememorar todas las carreteras y los caminos de tierra por los que hubo de perderse y errar en viajes y excursiones. Nada. La imagen permanecía inmóvil y no encajaba en ningún lugar. Si pudiera al menos averiguar adónde llevaba esa curva… El esfuerzo por acordarse ahuyentó todas las demás imágenes, y poco a poco el paraje quedó más claro. Aparecieron las piedras, los lentiscos y los espinos al borde del camino; la curva quedó esbozada algo más y podría ver adónde daba, lo intentó y se quedó sin respiración. El cortejo con el coche fúnebre marchaba lento por el camino. A pleno mediodía de verano no había sombra en ninguna parte solo lentiscos y espinos crecían entre las piedras. Siguieron por la curva del camino y el cementerio apareció en torno a la ermita. La campana doblaba tristemente.



Fuente: Planodion Bonsái, 25 de junio de 2017.

Vaso Sinopoulou: Nació y vive en Atenas. Escribe cuentos literarios e infantiles.

Tra­duc­ción: I­lek­tra A­na­gno­stou, Be­atriz Cá­rca­mo A­boi­tiz, So­fía Fer­taki, Theoni Kabra, María Kalouptsi, Eduardo Lucena, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, E­vange­lía Po­lyra­ki, Anto­nia Vla­chou.

La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2017 hasta marzo de 2018, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.


Tasos Psaris: La ruta



Tasos Psaris


La ruta


U NARIZ y el cristal se habían fundido en uno. La radio zumbaba. Vio el lago con los sauces pasar corriendo. Allí iba a remar con su hermano los veranos. Habían construido una improvisada barca con una puerta, y de remos usaban dos palos de escoba. ¡Cómo le pegaba su madre! ¡Aún le dolían las mejillas! Ahora el lago estaba helado. Algunos animales deambulaban sobre la cristalizada superficie olisqueando el hielo. Era como si no creyeran que podían caminar sobre el agua, o pensaran que se habían equivocado, que este no era el lago que conocían. Un corzo de pelaje plateado pasó estirando el cuello. Si no estuviera segura de que la engañaban sus ojos, diría que lo vio mirándola con recelo. Sonrió. Una alineación de cipreses. Campos y viñedos, blancos, blancos, muertos. Ni rastro de cultivos. Una valla de alambre de una longitud de kilómetros enteros. El alambre no existía antiguamente. Y la valla antiguamente era una cerca. ¿Qué había pasado? La escuela. El maestro seguro que sabría contestarle. El maestro sabía contestar a todas las preguntas. Alto, delgado, de hombros cuadrados. Y joven, muy joven, todos lo tomaban por alumno. ¿No estaría un poco colada por él? Hizo una mueca de desaprobación. Qué sabría de amores en aquel entonces. El motor rugía bajo sus pies. Las ruedas silbaban. Algunos erizos jugaban en la nieve. Algunas flores silvestres de las que la nevada no se tomó la molestia de ocuparse. Se frotó las palmas de las manos. Se le habían hinchado los dedos. Comenzó a tener frío. Las primeras casas. El kafenío del abuelo con el rótulo rojo. Dinerillo y chocolatinas. Los postigos en ruinas. La plaza con la fuente de mármol. Algunas banderitas con el escudo todavía colgadas. La barbería. La tienda de comestibles con el gran ventilador. Todo cerrado. Desierto el pueblo, ni un solo conocido.

       Se giró hacia el otro lado. El asiento del conductor estaba vacío.



Fuente: Planodion Bonsái, 5 de abril de 2013

Tasos Psaris nació en Atenas en 1975 y vive en Corfú. Trabaja como traductor de literatura hispana. Su primera novela se titula: Τὸ ­γα­πη­μέ­νο της μαῦ­ρο (Mo­men­tum, Atenas, 2012).

Tra­duc­ción: I­lek­tra A­na­gno­stou, Be­atriz Cá­rca­mo A­boi­tiz, So­fía Fer­taki, Theoni Kabra, María Kalouptsi, Eduardo Lucena, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, E­vange­lía Po­lyra­ki, Anto­nia Vla­chou.

La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2017 hasta marzo de 2018, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Charis Psarás: El refugio desdeñoso



Charis Psarás


El refugio desdeñoso


STABA yo caminando cuando se puso a llover a mares. Soplaba también un viento fuerte. No necesitaba nada más que un refugio. Aceleré el paso. Me decía que mientras siguiera mi camino ya encontraría algún techado que me amparase hasta que amainara el diluvio. Poco después distinguí en el horizonte una casa. Me armé de coraje y empecé a dirigirme hacia ella, pero cuanto más corría, más la veía alejarse. Al principio pensé que era cosa mía, pero tras intentarlo dos o tres veces comprobé que la casa se iba de verdad cada vez más lejos por mucho que me esforzara por acercarme a ella. La lluvia se negaba a parar. Es más, arreciaba. Hice cuanto pude para alcanzar el refugio desdeñoso, pero mi esfuerzo fue en vano. No recuerdo después de cuánto tiempo de verdadera lucha con la distancia bajo la lluvia sentí que las rodillas me fallaban. Caí desmayado. Cuando recuperé el sentido, estaba envuelto en el frescor de unas fragantes sábanas. Abrí los ojos y observé la cama. Después dirigí la mirada hacia las paredes y los muebles de la habitación. Me fijé en las fotografías sonrientes de dos niños pequeños y en la escayola desgastada del techo. No tenía ni idea de dónde me encontraba, pero tuve la certeza de que en aquel momento no velaba por mí nadie más que la casa que perseguía con ansia horas antes, exigiendo de su parte una muestra de buena voluntad, un ofrecimiento.



Fuente: Planodion Bonsái, 27 de mayo de 2011.

Jaris Psarás ha nacido en Atenas en 1982. Ha estudiado Derecho en Stenas y Oxford. Escibe poesía.

Tra­duc­ción: I­lek­tra A­na­gno­stou, Be­atriz Cá­rca­mo A­boi­tiz, So­fía Fer­taki, Theoni Kabra, María Kalouptsi, Eduardo Lucena, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, E­vange­lía Po­lyra­ki, Anto­nia Vla­chou.

La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2017 hasta marzo de 2018, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Sofía Nikolaídou: Coraje



Sofía Nikolaídou


Coraje


ANAYOTIS fue para Jará un hombre fatal. Había querido a otro antes, con un amor tibio. Intacto su corazoncito dormía sereno en sus oscuras entrañas. Panayotis entró porque sí en su vida. Vivieron seis años de amor arrebatado. En cierto momento dijeron de vivir juntos, a ver qué tal. Encontraron casa. Comenzó a limpiarla Jará con fervor. Ama de casa maníaca, por primera vez desplegaba sus dotes de mujer pulcra. En casa de sus padres hasta los treinta entraba y salía como una extraña, sin sacudir nunca un trapo, lavar una braga, hervir agua. Compraron también los muebles. Cama y un sofá. Fue entonces cuando empezaron sus amigas a coserla a indirectas. A ras de piel al principio, después hundían en la carne sus agujas. Vimos a Panayotis ayer con esa jovencita de la oficina. Pero ¿qué te pasa? ¿Estás tonta? ¿No lo ves? No se creía ni una palabra. Planeaba las Navidades a su lado. Árbol con bolas, luces y regalitos, villancicos en el CD, pavo con castañas al horno. Una noche de noviembre, así, sin motivo, no más por decir algo, le preguntó. Él masticaba cacahuetes en silencio. Brazo hacia el cuenco extendido, cabeza agachada, ya pasará, creía él. Dijo que sí a todo. Le dejó, no podía ser de otra manera. Pero tenía esperanza y esperaba. Se enteraba de que él hacía su vida. Se consumían sus carnes jugosas día tras día, se le encorvó el alto cuerpo. Ahora caminaba de lado como si la apachurraran contra la pared. Se encerró en casa.

       Un mediodía la encontraron los suyos en su cama de niña, enloquecida. Boca abajo, el cuerpo vendado en las sábanas, quebraba en el aire su nuca para después torturar en el colchón la cara con rabia. Echaban espuma sus chillidos en las sábanas, los aplastaba ella muda. Le hablaron por las buenas. Con caricias y palabras suaves, para enterrar sus pasiones. Pero nada. Llevaba tiempo que no hacía caso a los demás. Había que decir dos veces lo mismo. Como si estuviera en otra habitación.

       A la mañana siguiente, fumaba en la cocina distraída. Mucho humo, aliento escaso en los pulmones. Cuerpo hueco, adhesivo, pegamento sin fuerza. Al diablo, soltó. Y apagó el cigarrillo en la palma de la mano. Chirrió la carne quemada. En la pared la golpeaba para que se callara. Hacía tiempo que no oía su voz. Tronó la puerta tras ella. Salió a la calle, llena de coraje. Irse a las tiendas del barrio a comprar ropa. Estaba buena todavía.



Fuente: de la colección de relatos Ξαν­θιὰ πα­τη­μέ­νη κι ­κό­μη 27 ­στο­ρί­ες (Atenas, Κedros, 1997)

Sofía Nikolaídou: Escribe relatos, novelas y ensayos. Trabaja en la educación secundaria como filóloga e imparte talleres de escritura creativa.

Tra­duc­ción: I­lek­tra A­na­gno­stou, Be­atriz Cá­rca­mo A­boi­tiz, So­fía Fer­taki, Theoni Kabra, María Kalouptsi, Eduardo Lucena, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, E­vange­lía Po­lyra­ki, Anto­nia Vla­chou.

La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2017 hasta marzo de 2018, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.


Achileas Kyriakidis: Credo



Achileas Kyriakidis


Credo


ASí –una vez que hubo ensamblado en su cabeza los días y las noches que pasaron sobre él, las lluvias que surcaron incontables veces el ventanuco de su celda, el sol que dejaba Aviñón hacia la tarde y venía para hablar con él un rato, la bendición de Dios que notaba sobre su cuerpo cada vez que sentía dolor–, una noche de 1253, en un monasterio de Provenza, el monje Terencio sintió que, por fin, después de 79 años, había llegado el momento de reencontrarse con el Señor; se recostó sobre su lecho de piedra para morir, cerró los ojos y, al tiempo que su respiración mermaba, pidió el perdón.

       La Luz, como siempre, le avisó de que a continuación vendría también la Voz. Se incorporó con esfuerzo y miró hacia donde no veía. No puedes entrar en el Reino de los Cielos, dijo la Voz, porque no puedes ser perdonado. Y no puedes ser perdonado porque no has cometido un solo pecado en tu vida.

       Lo primero que pensó Terencio fue: Seguro que estoy soñando. Lo segundo: ¿Es posible que la Voz hable con sofismas? Lo tercero vino acompañado de un cansancio increíble: ¿Acaso es finalmente mi Dios un sofista? ¿Acaso se explica así también el mundo?

       Está bien, aunque sea en el último momento, dijo la Voz. Y la Luz se apagó.



Fuente: Del libro Μουσική (microrrelatos, ediciones Ipsilon, 1995). Primera publicación, revista Τὸ Δέν­τρο, número 81, noviembre de 1993-enero de 1994

Αchileas Kyriakidis (El Cairo, 1946). Escribe relatos y ensayos. Traduce del español y del francés al griego. Premio Nacional de Relato.

Tra­duc­ción: I­lek­tra A­na­gno­stou, Be­atriz Cá­rca­mo A­boi­tiz, So­fía Fer­taki, Theoni Kabra, María Kalouptsi, Eduardo Lucena, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, E­vange­lía Po­lyra­ki, Anto­nia Vla­chou.

La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2017 hasta marzo de 2018, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.



		

	

Rania Karachaliou: Abraham en serie



Rania Karachaliou


Abraham en serie


L TíO KOSTAS no tuvo nunca hijos; tenía, sin embargo, unas cuatrocientas cabras y ovejas y desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche estaba en el tajo. Ordeñar por la mañana, ordeñar por la tarde, darles de comer, barrer, y dale que te pego. Menos mal que también la tía le ayudaba todo el día, porque él solo no haría ni la mitad del trabajo.

       La última vez que los visité fue hace años, por Semana Santa, cuando sacrifican los animales. Pajarito, come algo, así sin chicha esperas encontrar novio, me decía el tío, y afilaba unos machetes así de grandes. Vente pa’ arriba, pero yo cómo iba a acercarme al lugar del crimen cuando ni los pellejos que colgaban de los alambres soportaba ver.

       Al acabar la matanza, se sentó en el kafenío y habló con orgullo de los animales que había degollado, de la Musca que se había escapado dos veces, una se había caído en la cañada, otra se había despeñado de unas rocas, del Rusos, que bebía leche del biberón. Noches así bebía más de la cuenta el tío y hablaba por los codos. De vez en cuando gotas resbalaban por su cara, me cachis, este puto calor, decía, pero yo juraría que eran lágrimas por los sacrificios en serie.



Fuente: Planodion Bonsái, 15 de noviembre de 2015

Rania Karachaliou ha nacido en Patras y vive en Atenas. Miembro del consejo de redacción de la revista literaria Τε­φλόν.

Tra­duc­ción: I­lek­tra A­na­gno­stou, Be­atriz Cá­rca­mo A­boi­tiz, So­fía Fer­taki, Theoni Kabra, María Kalouptsi, Eduardo Lucena, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos, E­vange­lía Po­lyra­ki, Anto­nia Vla­chou.

La tra­duc­ción y revisión colectivas de los minir­rela­tos es producto del taller que orga­ni­zaron y co­ordina­ron, en la a­ca­de­mia de i­dio­mas A­ba­ni­co desde octu­bre de 2017 hasta marzo de 2018, Kon­sta­nti­nos Pa­le­o­lo­gos y E­du­a­rdo Lu­ce­na.