Nikos Davetas: Domingo y de permiso



Nikos Davetas


Domingo y de permiso


RA la primera vez que salía a la ciudad con permiso de veinticuatro horas. Desde la madrugada llovía sin parar. Hasta el mediodía –de kafenío en kafenío– ya me había gastado casi todo mi dinero. ¿Y adónde vas sin blanca y con esa porquería de tiempo? Indeciso, me paré bajo la marquesina de los autobuses interurbanos; un papel mal pegado en el cristal informaba a los pasajeros de que la próxima salida a la capital se posponía «hasta nuevo aviso…». A mi alrededor todo desierto; a esta hora todo el mundo estará en torno a una mesa. El padre, la madre, el hijo, y, en el centro, el tradicional asado. La madre, claro, puede que quiera apuñalar al padre, el padre tirarla por la ventana, el hijo dispararles a los dos a quemarropa, sin embargo, como imagen la Santa Trinidad es insuperable. En ese momento la vi venir hacia mí. Su vestido de colores ondeaba en el aire helado y el cordón de su talego en bandolera acentuaba su turgente pecho. Era una gitanilla. Posiblemente venía de un campamento de gitanos que estaba cerca del vertedero. Se sentó junto a mí en el banco y desenvolvió una chocolatina a medio morder.

       ―No, no quiero.

       ―¿Soldao?

       ―¿No se me ve?

       ―¿Dónde vas?

       ―No tengo dónde ir.

       ―¿Por eso estás aquí sentao?

       ―Por eso.

       ―¿Y qué ’ta hasiendo?

       ―Nada.

       ―¿De dónde eres?

       ―De Atenas.

       ―¿Tienes quinientοs dracmas?

       ―¿Por qué preguntas?

       ―Dámelοs y te la chupo… ya verás, después vas a querer más.

       ―¿A eso te dedicas?

       ―No, solo por ti lo voy a hacer.

       ―¿Y por lοs quinientos dracmas?

       ―¿Y qué te esperabas? ¿Sin pagar?

       De repente, me agarró la pierna: «Bueno ¿qué?». Sentí un escalofrío, una corriente eléctrica recorrió mi columna vertebral. La miré a los ojos, de un color miel que se apagaba en ese atardecer invernal, un color que se hundía en el morado, como mi propia vida vacía después de tantas cartas no entregadas, cartas que se me devolvían al cuartel con el aviso de «destinatario desconocido». Saqué mi último billete de quinientos del bolsillo y se lo metí en el escote. Ella me desabrochó los pantalones, hundió la mano en los calzoncillos y comenzó a acariciármela. Cuando la sintió dura, se arrodilló y pasó su lengua desde la raíz hasta el glande, por un momento me mordió la uretra y continuó de arriba abajo hasta que me corrí. Me recosté en el banco y miré hacia arriba. Por encima de mí, las nubes plomizas viajaban, viajaban hacia el Sur junto con las guardias, las faenas, mi mujer, mi casa vacía que se había convertido en un cubo infantil donde ya no cabíamos. Eso también se lo llevó lejos de mí el viento que limpiaba el cielo. No sé cuánto tiempo pasó hasta que oí unos pesados pasos a mi lado. Me incorporé y vi a un conductor de autobuses que me miraba detenidamente.

       ¿Qué estás haciendo ahí, tío?… ¡Menudo gañán! ¿no te da vergüenza andártela cascando en los bancos?



Fuente: De la colección de cuentos Ἱστορίες μιᾶς ἀνάσας (Αtenas, 2002).

Νikos Davetas (Atenas, 1960). Escribe poesía, cuentos cortos y novelas.

Traducción y Revisión: La traducción colectiva de este minirrelato es producto de las clases que imparte el profesor titular Konstantinos Paleologos en el marco del Máster de Traducción Literaria del Departamento de Filología Italiana de la Universidad Aristóteles de Salónica. Han participado los estudiantes Flor de María Nochebuena, Jaris Koutrouba, Lena Pantelidou y Stavros Jatzís.


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