Σπύρος Ν. Παππᾶς: Ὁ σύντροφος


Don Quichotte - Francisco Reiguera


Σπύ­ρος Ν. Παπ­πᾶς


Ὁ σύν­τρο­φος


08-Kappa-Fair,_Brown,_and_Trembling_-_Initial_illustrationΑΤΕΒΗΚΕ ἀ­π’ τὸ ἄ­λο­γο. Ἔ­βγα­λε τὴν τσίγ­κι­νη λε­κα­νί­τσα ἀ­π’ τὸ κε­φά­λι καὶ ἀ­κούμ­πη­σε τὸ κα­χε­κτι­κὸ κορ­μί του σ’ ἕ­ναν τοῖ­χο. Ἱ­δρώ­τας ἔ­στα­ζε πά­νω στὸ θώ­ρα­κα. Τὸν πλη­σί­α­σε καὶ τοῦ προ­σέ­φε­ρε ἕ­να πα­γού­ρι μὲ νε­ρό. Ἔ­δε­σε, βι­α­στι­κά, τὸ γα­ϊ­δου­ρά­κι σ’ ἕ­ναν πάσ­α­λο καὶ κά­θι­σε δί­πλα του. Ἐ­κεῖ­νος ἤ­πι­ε με­ρι­κὲς γε­ρὲς γου­λι­ές. Ἔ­βρε­ξε τὸ μέ­τω­πό του καὶ ἀ­κούμ­πη­σε τὸ πα­γού­ρι στὸ χῶ­μα. Τοῦ ζή­τη­σε τσι­γά­ρο. Ἔ­βγα­λε, ἀ­μέ­σως, ἕ­να τσα­λα­κω­μέ­νο πα­κέ­το καὶ τοῦ ἔ­δω­σε. Τὸ ἄ­να­ψε καὶ τρά­βη­ξε μιὰ βα­θιὰ ρου­φη­ξιά. Ξε­φυ­σών­τας τὸν κα­πνό, γύ­ρι­σε ἀρ­γὰ καὶ τοῦ εἶ­πε:

       «Πάν­τως, εἶ­σαι ἀ­λη­θι­νὸς σύν­τρο­φος, νὰ ξέ­ρεις.»

       Ὁ Ἀ­κὶμ τοῦ ἔ­κλει­σε τὸ μά­τι, λέ­γον­τας:

       «Ἔ­λα, Φραν­σί­σκο, πρέ­πει δυ­στυ­χῶς νὰ ση­κω­θοῦ­με. Ὁ τρε­λός, ἀ­πέ­ναν­τι, μᾶς φω­νά­ζει πά­λι γιὰ γύ­ρι­σμα. Θέ­λει, λέ­ει, ἕ­ως τὸ τέ­λος τοῦ χρό­νου νὰ ἔ­χου­με τε­λει­ώ­σει τὴν ται­νί­α.»


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Πηγή: ἐπιθεώρηση The Books’ Journal, ἀρ. 63, Φεβουάριος 2016.

Σπῦ­ρος Ν. Παπ­πᾶς (Ἀ­θή­να, 1975). Ἐ­ρευ­νη­τής, συγ­γρα­φέ­ας καὶ με­τα­φρα­στής. Κεί­με­να καὶ με­λέ­τες του, φι­λο­λο­γι­κοῦ, ἱ­στο­ρι­κοῦ, ἀρ­χαι­ο­λο­γι­κοῦ καὶ λα­ο­γρα­φι­κοῦ πε­ρι­ε­χο­μέ­νου ἔ­χουν δη­μο­σι­ευ­θεῖ σὲ ἔγ­κρι­τα πε­ρι­ο­δι­κὰ (Νέ­α Ἑ­στί­αΠα­λίμ­ψη­στονΠόρ­φυ­ραςΜαν­δρα­γό­ρας, ὈροπέδιοἈρ­χαι­ο­λο­γί­α καὶ Τέ­χνεςἹ­στο­ρί­α Εἰ­κο­νο­γρα­φη­μέ­νη, κ.ἄ.) καὶ σὲ ἐ­φη­με­ρί­δες (Ἡ Κα­θη­με­ρι­νήΤὰ Νέ­αἩ­με­ρη­σί­α, κ.ἄ.).

Εἰκόνα: σκηνὴ ἀπὸ τὸν ἡμιτελῆ Δὸν Κιχώτη τοῦ Ὄρσον Οὐέλλες, μὲ τὸν Φραν­σί­σκο Ρε­ϊ­γκου­έ­ρα ὡς Δὸν Κι­χώ­τη καὶ τὸν Α­κὶμ Τα­μί­ροφ ὡς Σάντσο Πάντσα.


			

Katerina Zupa: Una mujer


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Katerina Zupa

 

Una mujer


06-Taph-Century_Mag_Illuminated_T_HobbemaENGO 46 años. O para ser totalmente sincera, 46 y 8 meses. No sé pero los 47 me asustan. Me acerco a los 50. Un número hito. Mi cabello: castaño, largo y con reflejos para cubrir las canas. Ojos castaños con gafas rojas. Cuerpo de señora con un poco de sobrepeso, vestimenta juvenil, casual chic, vestigio de la época en que trabajaba en revistas femeninas. Ando algo encorvada desde que, en la adolescencia, me apareció un pecho abundante. Estudios buenos; trabajos mal pagados; carrera insignificante. Una simple funcionaria pública en el departamento de economía de un hospital estatal. Bastantes hombres, nada del otro mundo, amores que terminaban en peleas y lágrimas, hasta que a mis treinta apareció un tímido y feíto notario. Nos amamos con mesura y con esfuerzo, le dimos una patada a la soledad y juntos decidimos jugar a la vida doméstica. Los primeros años fueron buenos, no molestábamos el uno al otro, nos besábamos de vez en cuando, tuvimos también un niño que no lloraba y que miraba el techo. Un día mi marido se enamoró apasionadamente, le echó el ojo una contable, de pelo rubio, todavía hoy me pregunto qué le habrá visto, ¿qué iba a hacer, el pobre?, no sabía mucho sobre mujeres, y desde entonces duermo sola en la cama. No le guardo rencor­; hacía mucho tiempo, de todas formas, que yo había olvidado su existencia. No me da miedo la oscuridad y me gusta la compañía del tic-tac del reloj, de una gata peluda y de una radio con interferencias. El trabajo continúa sin sorpresas, al amor le he cerrado las puertas, mi hijo flirtea con el ordenador y yo me siento en el balcón disfrutando de mi cigarrillo. No tengo gran curiosidad por la vida pero tampoco tengo prisa que termine. Todo fluye con normalidad y hay un orden en mi vida. Los fines de semana mis amigas me llevan a teatros, a cines y veo tantas cosas, que algunas veces ni las entiendo. Hasta que un día, yendo al trabajo, vi a mi hijo abrazado a un hombre. Sufrí una sacudida, me quedé sin habla, no porque no fuera a ser nunca abuela ni por ser puritana, sino porque en tantos años no había sospechado nada. Lo miré durante unos segundos y sin que él me viera, le deseé en silencio toda la felicidad del mundo. No en vano, yo que había tenido una vida normal y corriente tampoco fui la mujer más feliz. Tal vez la felicidad no sea lo mío. Ahora me estoy preparando para ir a un monólogo teatral. Prefiero las pasiones de los demás.


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Fuente: Revista Planodion, número 51, diciembre de 2011.

Katerina Zupa (Atenas, 1973). Lincenciada en Ciencias Económicas por la Universidad de Pantion de Atenas. Trabajó como traductora en varias revistas.

Traducción: Marisol Fuentes

Revisión: Konstantinos Paleologos


María Kentrou-Agathopoúlu: El trago más amargo


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María Kentrou-Agathopoúlu

 

El trago más amargo


04-Delta-590px-Dilluminated_svgESDE que murió su hermana, Ceodora-Rula tenía también un consuelo en su desconsolada vida. Su madre, ya muy anciana  en mil novecientos noventa y cuatro, no se había percatado de la muerte de su hija mayor,  puesto que el deterioro de su mente, que la había dejado incapacitada para percibir el entorno de su realidad, la había protegido de la noción de la más dolorosa de las verdades para una madre.

       Como, debido a su dolencia, Ceodora-Rula  se había traído hace años a su madre a su casa —ya no podía arreglárselas sola con el menaje del hogar— afrontó casi con alivio la carencia  de apoyo de su anciana madre en el peso de su duelo.

       Sin embargo, por momentos le daban ganas de ir hasta su lecho, donde su longeva madre —callada e inmóvil— permanecía tumbaba días y noches, para levantarla de repente o zarandearla por los hombros aunque fuera para hacerle daño e incluso para gritarle: «despierta de una vez, entra en razón, entérate de que tu idolatrada hija ya no vive más, llora tú también con dolor, lamenta su pérdida como yo, no esté sola en mi desgracia, dentro de esta casa».

       De vez en cuando, claro, ida quién sabe de qué desvaríados o sensatos recuerdos, qué extraños malentendidos y vueltas  venían a su memoria, le preguntaba con una inquieta pero también tranquila voz: «Rula, cariño mío», —como acostumbraba llamarla cuando Ceodora era pequeña, —«¿Dónde está Cornelia?» «¿Por qué no viene a verme?».       

       — Está de viaje por América, mamá, muy lejos de nosotras, —respondía conmovida Ceodora-Rula. Y se marchaba rápido y perturbada delante de ella y entraba como loca en su cocina.

       Conforme pasan los años, pregunta  con menos frecuencia, y continúa hundiéndose en el  diván de su hija y duerme,  duerme un sueño completamente suyo, y Ceodora-Rula no continúa bebiendo solo su  trago lleno de amargura por su hermana, sino también aquél vacío pero más tóxico  —el  de su madre— el que ésta no conoce y no lo sabrá jamás.

       Porque Ceodora-Rula siente que su hermana no se ha llevado todo el dolor que le pertenece, siente que la pena inexistente de su madre es como una ausencia  para el alma de su amada difunta, algo así como una injusticia que le ha ocurrido, y esto porque  cree, que tenía el derecho al dolor total de su madre, que no se dignó a dirigirle ni una última mirada para que se la llevara consigo.


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Fuente: De la colección de cuentos παραίτηση (Ed. Κédros, 2002).

María Kentrou-Agathopoúlu (Salónica, 1930). Poesía, cuento, ensayo. Aparece en las Letras en 1961 con la colección de poemas Ψυχὴ καὶ Τέχνη. Recopilación editorial de sus poemas: Ἐπιλογὲς καὶ σύνολα. Poemas (1965-1995) (Νisides, Skópelos, 2001). Su último libro: Εὐρυδίκη μὲ τὸ τσιγάρο στὸ μπαλκόνι (Cuentos, Gabriilidis, 2010). Paralelamente con la poesía escribe y publica cuentos. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán, polaco, rumano, español y serbio.

Traducción: Marisol Fuentes

Revisión: Konstantinos Paleologos



		

	

Konstantinos Kapetanakis: Porcelana


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Konstantinos Kapetanakis

 

Porcelana          


TODO se arregla.

       La toco. La vendedora levanta los hombros y no me pregunta más, atiende a otro. Dejo de oírla, como si me hubiera ido. Lo hago a menudo, aunque en realidad esté ahí.

       Cae sangre de su frente. Me dice que no es nada, un rasguño en la ceja; ¿tú estás bien? Me toca la cabeza. Trozos del parabrisas roto cubren el salpicadero, el intermitente está activado. Mi rodilla derecha no tanto. La masajea suavemente. Vete a casa, ahora voy yo. Huele a gasolina y del motor sale humo.

       Su sangre, una línea que baja vacilante, se desvía a la altura del ojo izquierdo y para en el labio superior; la lame. Mis manos todavía están agarrando el volante; las acaricia. Retomaremos las clases cuando arregle el coche, lo prometo. Pensaba que el pedal derecho era el freno, papá. Dejo el volante y me miro las palmas de las manos, sudadas. Yo también me confundo a veces, no te creas; vete y no le digas a mamá que estábamos juntos.       

       Siento que desde lejos la vendedora me mira. Me pierdo en el tiempo y hago el rídiculo en la tienda, me retraso, de un momento a otro se acaba el plazo del tíquet del aparcamiento, me van a multar, voy a llegar tarde a casa. Es como si alguien me estuviera esperando para regañarme.

       Todos los neumáticos han reventado y la parte de atrás del coche está levantada, una roca se ha atascado debajo. Se ríe; tonterías, verás como todo se arregla. Quiero decir algo, pero me pregunto si contemplanos lo que nos ocurre de la misma manera y miro a mi alrededor, la valla que tiré al pisar el acelerador y abalanzarnos sobre el descampado, el capó destrozado, las puertas arrugadas, el árbol que nos paró. Termino en su cara; tiene una sonrisa de haber cometido una travesura. Me guiña el ojo. Así de fácil le fue asumirlo, neutralizarlo, como si nunca pudiera pasar nada malo.

       No lloré, aunque no estoy seguro. A veces me parece que como no lloré en su funeral no he llorado nunca, pero no puede ser, quizás me esté equivocando.

       Me alejo cojeando del coche y miro hacia atrás. Está de pie junto al coche, como si estuviera listo para abrazarlo, se seca la sangre y me saluda con la mano. Me repito mientras camino en la calle que no debo decir nada. Abro la puerta de casa y está ella en el pasillo con los brazos cruzados. Me pregunta dónde estaba. Miro hacia abajo. Estaba jugando al fútbol en el cruce. Vacila, sigue teniendo los brazos cruzados y pido desde mi interior, lo pedía desde el principio, que no parara de tenerlos así, que no estallase.

       Cometió más errores de los que le correspondían, lo sé. Dice que era joven y no sabía, que hacía lo que podía, lo mejor que podía, sola desde tan pronto. Eso me dijo durante los años siguientes, incluso cuando dejé de oírla.

       Ven a comer, papá llegará tarde, ha tenido un accidente con el coche. Mi mirada parece extrañarle; en cuanto se acerca a mí doy, de repente, dos pasos hacia atrás, pero luego me tiro a sus brazos y me abraza torpemente. Tampoco te pongas así, que no se ha hecho daño, solo se ha estropeado el coche. Fue a esquivar un perro, pero vete tú a saber lo que ha ocurrido en realidad, que ya me lo conozco yo. Sacude la cabeza y se va a la cocina. Murmura en voz baja ensayando todo lo que va a gritar durante días. Me quedo al lado de la mesa con la gran porcelana del chino. Tiene una caña de pescar y una mirada de sorpresa; le toco la perilla puntiaguda, el sombrero. Quiero decirle que yo se lo pedí, papá siempre me decía que sí, pisé el acelerador, me asusté. Tan solo acaricio la estatuilla y con un dedo la empujo suavemente hasta el borde de la mesa. El chino se balancea en la límite de la mesa, lo sujeto. Tengo la culpa; pruebo las tres palabras en mi boca, como si hablara una lengua desconocida. Con un toque imperceptible la porcelana cae al suelo. Miro los trozos rotos y me pregunto si puedo pegarlos con palabras. Los murmuros de la cocina paran, pasos con prisa. Ya no tiene los brazos cruzados.

       «Tenga cuidado». Empujo hacia el borde de la vitrina un chino de porcelana pequeño y feo, con la cara arrugada; lleva una cesta. Como si me despertara, me echo a un lado y miro el papel que tengo en la mano: «cortarme el pelo, supermercado, lavandería, regalo de boda de la jefa 50 euros, casa, calentador/seguro, sí, no». ¿Por qué escribiría eso lo último? Unas señoras me miran, la vendedora agarra la porcelana. «Es carísima, ¿la va a comprar? ¿No dice nada?».

       Siempre quedan trozos rotos. Y solo las palabras no pueden pegarlos. Pero en algún momento hablas, aunque sea por romper el silencio.


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Fuente: primera publicación en el blog Planodion – Historias Bonsái (11 de diciembre de 2015).

Konstantinos Kapetanakis (Atenas, 1971). Estudió Derecho en Grecia y en Reino Unido. Asistió al taller de escritura creativa de Kostas Katsularis.

Traducción: Roberto G. Luque Schoham

Revisión: Konstantinos Paleologos